Herederos de Ultreya: raza, gaita y remigración como bandera gallega
Hay en Galicia un nacionalismo que no sale en las encuestas porque apenas ocupa espacio en las urnas y todo el que le dejan en las paredes. Se reclama heredero de Ultreya, la organización juvenil fundada en Noia en febrero de 1932 —unos 800 chicos de entre 12 y 18 años en apenas unas semanas— y se presenta como la alternativa identitaria a un Bloque Nacionalista Galego al que acusa de haber traicionado los principios fundacionales. Su programa cabe en tres palabras: fogar, raza, língoa. Su lema de campaña, «Galiza aos Galegos».
El movimiento no es nuevo, pero sí lo es su empaquetado. A la vieja tradición ultreiana le ha salido una capa organizativa nueva y un repertorio visual muy trabajado, con el trisquele, los colores del reino y una estética que se reivindica como continuidad de más de cuarenta años de legado.
De Ultreya (1932) a Nova Ultreia (2024)
La genealogía que el propio movimiento exhibe es explícita: CEDADE Galiza en 1985, Confederación Ariana en 2002 y Nova Ultreia en 2024. Novelas aparte, la fecha de arranque es la de 1932, cuando Ultreya se extendió por toda Galicia con excursiones por el campo para «educar o esprito no estudo e conocimento do chan nativo», según la formulación de Álvaro das Casas, autor del decálogo de la organización juvenil.
Entre el viejo decálogo y el material actual hay una distancia ideológica que el propio movimiento minimiza y un salto estético que no disimula. La retórica del lar, la sangre y la tierra se mantiene; el envoltorio es ahora un producto digital, con canales de mensajería, cartelería de campaña y un discurso que mezcla el socialismo de bandera con la defensa cerrada de la continuidad biológica del pueblo.
El programa: remigración, contratación preferente y cierre de fronteras culturales
El eje operativo es la «remigrazón», presentada como «única soluzón». La propuesta incluye un reajuste del mercado laboral que priorice la contratación de gallegos y una batería de campañas de «sensibilización» realizadas en localidades como A Coruña y Ferrol. El diagnóstico que manejan habla de una Galicia convertida en provincia de la «favela global», con el gallegófono autóctono camino de ser minoría en su propia tierra.
No todo el material es agresivo. Hay textos que admiten contacto e intercambio entre naciones europeas e incluso matrimonios mixtos, siempre que, dicen, no pongan en peligro la idiosincrasia cultural de los pueblos implicados. La frontera que trazan no es tanto geográfica como etnocultural, y ese matiz es el que separa su propaganda más presentable de la que no lo es.
Europa, celtismo y una gaita en Lorient
El costado europeísta del movimiento se apoya en el celtismo. El Festival Interceltique de Lorient, la escuela de gaitas Herba Grileira con más de 160 alumnos de entre 5 y 75 años, o la cita del escritor rumano Vintilă Horia situando Galiza y Rumanía como los dos extremos célticos del continente son piezas habituales de su relato. También el mapa de 1812, que recuerda que Galicia se había librado ya del dominio napoleónico cuando el resto de la Península seguía bajo control francés, y la Xunta Suprema proclamada en junio de 1808.
La mezcla tiene su punto de arqueología romántica: recuperación del lino, círculos prehistóricos como el del monte das Cabadas —casi 75 metros de diámetro— y una lectura del pasado sue vo y de linajes como los Andrade que funciona más como mitología que como historia. La anécdota que resume el conjunto la dejó la prensa de 1930: la selección gallega de fútbol que se enfrentó a la de Castilla saltó al campo apodada «los celtas».
Corea del Norte como espejo y la burla como respuesta
El flanco más incómodo llega cuando se pregunta abiertamente al promotor si lo que quiere es montar una dictadura a imagen de Corea del Norte. Su respuesta no esquiva el marco: admite simpatía por parte del ideario por sus rasgos comunes con la doctrina Juche. Ahí se acaba la conversación elegante.
El resto reacciona entre la carcajada y el correctivo. Hay quien pregunta, con retranca, qué hará el movimiento con los gallegos de aspecto no indoeuropeo, y hay quien recuerda que los emigrantes gallegos llegaron hasta la Luna, lo que convierte la prédica remigratoria en un chiste involuntario. Otros, más veteranos, advierten de que este tipo de grupúsculos han muerto siempre de lo mismo: aislamiento, egos y atomización.
Con estos mimbres, la predicción razonable es que el movimiento siga siendo testimonial en votos y ruidoso en redes. Ahora bien, su capacidad de copiar lenguaje, formatos y estética de la extrema derecha europea sugiere que no desaparecerá por falta de material. Si eso se traduce algún día en algo más que pegatinas, es otra película.