Masa o élite: la cruzada del youtuber que quiere refundar la clase dirigente
Hay quien dice que la historia la escriben las élites; otros, que la masa solo sirve para ser pastoreada. Pero cuando un youtuber con aspiraciones de caudillo decide que la solución es una minoría rectora, el asunto se complica. El 26 de agosto de 2025, Francisco José Fernández Cruz Sequera, conocido como Seque, dedicó un programa de más de dos horas a explicar por qué España necesita una nueva élite dirigente. No es un académico, ni un político: es un analista geopolítico con un canal de YouTube, y su diagnóstico ha encendido todas las alarmas.
El programa que quería separar el grano de la una manola
Seque no es un orador tímido. En el minuto 2:50:00 de su emisión, soltó una frase que lo resume todo: la mitad de los espectadores que estaban viendo el directo son poco equilibrado, perezosos y viciosos, sin fe ni capacidad de sacrificio. Lejos de ser un exabrupto, varios analistas lo interpretan como una táctica deliberada de marketing agresivo, destinada a expulsar a los indecisos y quedarse únicamente con los incondicionales. Quiere separar el grano de la una manola, y lo dice sin anestesia.
La reacción no se hizo esperar. Hay quien habla de secta en ciernes, recordando que el proyecto recluta solo a personas con «plena disponibilidad» y «cosas que aportar». Otros, en cambio, ven en Seque a un líder necesario, alguien que se atreve a decir en voz alta lo que muchos piensan: que la democracia parlamentaria ha fracasado y que solo una minoría formada y decidida puede revertir la decadencia.
Rosenberg, la germanidad y el problema de fondo
El punto más delicado de su ideología aparece cuando entra en materia de raza y civilización. Seque ha construido su discurso sobre lecturas de Alfred Rosenberg, el ideólogo nancy, y de Oswald Spengler, el filósofo de la decadencia. De ahí saca una teoría peculiar: la civilización solo puede florecer con una combinación de sangre germánica y clima mediterráneo. Para rematar, en el propio programa se declaró a sí mismo «un claro celtagermano». La burla fue inmediata, pero el problema de fondo es que esas ideas, vestidas de geopolítica, se están difundiendo sin filtro a una audiencia que busca respuestas fáciles.
Los críticos señalan que Seque ha leído a Rosenberg sin espíritu crítico, como si fuera un texto sagrado. Sus seguidores, en cambio, defienden que sus principios son innegociables y que el debate democrático solo ha llevado al relativismo. Ante la objeción de que un solo hombre no puede abarcar todo el saber, responde que no le gusta la gente, que prefiere los libros. Una postura que, como apuntan varios analistas, le impide contrastar sus ideas con la realidad.
La historia como arsenal: milicias, desamortizaciones y la Guardia Civil
Para sostener su tesis, el entorno cercano a su movimiento recurre a la historia de España con profusión de datos. Las milicias concejiles ganaban cuando participaban (Navas de Tolosa, 1212) y perdían cuando se quedaban en casa (Alarcos, 1195). La Guardia Civil se creó en 1844, dicen, para meter en vereda al mundo rural después de que el Estado expropiara entre 12 y 15 millones de hectáreas comunales con la desamortización de Madoz en 1855. Casi un tercio del territorio, en manos privadas. El pueblo, otra vez, como víctima. La conclusión que extraen es que la historia solo la cambian minorías con virtud cívica, no mayorías acomodaticias.
El movimiento, la secta y la incógnita final
A la espera de que el proyecto concrete su estructura, las dudas se acumulan. Los críticos subrayan que no hay un programa económico detrás, solo una promesa de jerarquía y sacrificio. Los partidarios repiten que los principios no se discuten, y que quien no los comparta está fuera. En medio, queda una pregunta incómoda: ¿qué diferencia hay entre una élite legítima y una oligarquía extractiva? Seque diría que la virtud; sus detractores, que la historia demuestra lo contrario.
El experimento sigue abierto. Por ahora, solo sabemos que un youtuber ha conseguido que unos se sientan elegidos y otros, descartados. La formación de una clase dirigente, al final, empieza así: dividiendo a la masa para luego rescatarla. O quizás, como dice uno de sus críticos, el problema no son los segarro, sino nosotros mismos.