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Jovenlandia, envalentonado: Mohamed VI se…
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El reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara por parte de Trump y la alianza con Israel han dado a Marruecos un impulso diplomático y militar sin precedentes, permitiéndole adoptar una postura más asertiva en sus relaciones exteriores, incluida la cuestión de Ceuta y Melilla.
El tablero internacional ha visto moverse piezas importantes en los últimos años, y una de ellas, Marruecos, parece haber ganado un peso considerable. No es solo que el país norteafricano haya dado pasos diplomáticos que van más allá de su talla como potencia regional; es que lo ha hecho con un respaldo que le ha permitido sentirse más seguro a la hora de expandir su influencia. Hablamos de un país con poco más de 38 millones de habitantes y un PIB que, en 2023, rondaba los 130.000 millones de dólares, una cifra que palidece comparada con la de España, pero que no le ha impedido jugar un papel cada vez más relevante.
El punto de inflexión, ese que realmente ha dado alas a Marruecos, llegó a finales de 2020. Fue entonces cuando el entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump, reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Un movimiento que, según los expertos, se hizo un poco a la desesperada, en el último momento de su mandato, pero que tuvo un impacto enorme. Por primera vez, una potencia mundial como EE.UU. daba la razón a la tesis de Rabat, saltándose los cauces habituales de la ONU. Y lo hizo a cambio de algo importante: el acercamiento de Marruecos a Israel.
Este reconocimiento no solo le dio un respiro a Rabat en la cuestión del Sáhara, sino que, como explican quienes conocen bien la zona, envalentonó al país. Desde entonces, su política exterior se ha vuelto más dura, presionando en diferentes frentes. La resolución 2797 del Consejo de Seguridad de la ONU, aprobada en octubre de 2025, que puso en el centro del debate el plan de autonomía marroquí para el Sáhara, fue un logro importante. Y para conseguirlo, Marruecos ha contado con apoyos clave, incluyendo a países como Francia, Reino Unido, Alemania y la propia España, antigua potencia colonial.
Este nuevo brío diplomático ha ido de la mano de un importante esfuerzo de rearme. Marruecos se ha convertido en el mayor importador de armas de África en los últimos cinco años, superando incluso a su rival regional, Argelia. Según el Instituto Internacional de Investigaciones para la Paz de Estocolmo (Sipri), Estados Unidos es su principal proveedor, suministrando el 60% de sus adquisiciones militares. Francia, que solía ocupar un lugar destacado, ha quedado relegada.
La normalización de las relaciones con Israel, impulsada por los llamados Acuerdos de Abraham, ha sido otro pilar fundamental de esta estrategia. Más allá de la seguridad y la defensa, la cooperación se ha extendido a ámbitos como la tecnología y la ciberseguridad. Marruecos ha adquirido sistemas antiaéreos y antimisiles israelíes, como el Barak MX, desplegado en el Sáhara, con un coste de 430 millones de euros. Además, los ejércitos de ambos países han firmado un plan de acción militar que consolida acuerdos de cooperación, incluyendo maniobras conjuntas y la construcción de satélites espía.
La crisis de Ceuta de 2021, donde miles de marroquíes irrumpieron en la ciudad autónoma española, dejó claro que Rabat actuaba con una tranquilidad inusual, sabiéndose respaldado. Y ahora, en plena crisis migratoria desde julio de 2025, la cuestión de la soberanía sobre Ceuta y Melilla ha vuelto a la palestra. Varias voces, incluso ministros, han reactivado esta reclamación, algo que no ocurría con tanta fuerza desde la crisis del islote de Perejil en 2002.
Expertos como Bernabé López García, arabista y conocedor de Marruecos, advierten que, en puridad con el derecho internacional, Marruecos no debería estar en condiciones de reclamar Ceuta y Melilla sin haber resuelto antes la cuestión del Sáhara. Sin embargo, señalan que "todo está patas arriba" y que, en los tiempos que corren, las normas tradicionales pueden importar menos. La postura del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, quien en 2022 calificó la propuesta de autogobierno marroquí para el Sáhara como la solución "más seria, realista y creíble", ha sido interpretada por algunos como un guiño que podría haber envalentonado a ciertos sectores marroquíes.
La estrategia exterior de Marruecos no se limita al Sáhara. El país ha intensificado sus lazos con países subsaharianos, buscando reintegrarse en la Unión Africana, de la que su padre, Hasán II, se retiró en 1984. La apertura de consulados en ciudades del Sáhara como El Aaiún y Dajla, y la creciente influencia económica a través de inversiones en banca, seguros y telecomunicaciones, demuestran este interés. La aerolínea Royal Air Maroc ha triplicado sus destinos africanos, convirtiendo el aeropuerto de Casablanca en un nodo clave.
En América Latina, Marruecos también ha buscado diversificar sus alianzas. Países como Colombia, que el pasado 8 de agosto reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, han reevaluado sus posturas. Esta tendencia, impulsada por gobiernos conservadores, sigue los pasos de otros países latinoamericanos que han desplazado a mandatarios progresistas.
La posición de Marruecos sobre Ceuta y Melilla es clara para la mayoría de los marroquíes: son "ciudades ocupadas" que deben ser reintegradas. Sin embargo, se reconoce la necesidad de abordar este tema con cautela y diálogo, especialmente en periodos electorales. La estrategia internacional de Marruecos, afianzada por su alianza con EE.UU. bajo Trump y con Israel, le otorga una posición de ventaja. No obstante, esto no prejuzga el tratamiento específico de la cuestión de Ceuta y Melilla. La posibilidad de abordarla "gradualmente, cuando las condiciones políticas y diplomáticas sean propicias", respetando los intereses de las poblaciones y la estabilidad del Mediterráneo occidental, es una vía que se contempla, aunque con la cautela que exige un tema tan sensible.
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