Apoyo a la madre que mató a sus tres hijos: ¿normalización del horror?
¿Cómo se explica que un grupo de personas convoque una concentración para mostrar solidaridad con una mujer que habría acabado con la vida de sus tres hijos? Cuatro años después del suceso, Lindsay permanece paralítica tras un intento de suicidio, y las imágenes de la protesta reabren un debate incómodo.
Una solidaridad que incomoda
Los mensajes difundidos junto a la convocatoria incluyen testimonios de mujeres que dicen entender la desesperación de Lindsay y admiten haber tenido pensamientos homicidas hacia sus propios hijos. Lo más perturbador no es la concentración en sí, sino el argumentario de la comprensión: convertir la desesperación en un atenuante total.
¿Culpable el marido? El patrón que se repite
Entre las reacciones también circula una tesis que desplaza la responsabilidad al marido de Lindsay. Esa lectura, que ya apareció en otros casos de infanticidio, convierte al padre en el verdadero acusado y a la madre en una víctima llevada al límite. No hay datos en el relato que sostengan esa versión, pero la repetición del patrón es un dato sociológico en sí mismo.
El fantasma de José Bretón
La comparación inevitable es el caso de José Bretón, condenado por matar a sus dos hijos. La pregunta flota en el ambiente: ¿existiría una manifestación a favor de él? La respuesta parece obvia para quienes denuncian el doble rasero: lo que en un hombre es monstruoso, en una mujer encuentra defensas.
Mientras tanto, la manifestación existe, los vídeos se comparten y la conversación pública vuelve a recordar que hay muertes que indignan y muertes que se explican. Quizá lo más inquietante sea esa asimetría. Y que sigamos llamándola «maternidad».