El coste de las profecías climáticas fallidas
En 2018, una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León paralizó la construcción de la estación de esquí de San Glorio. El argumento: los estudios científicos auguraban que no habría nieve por debajo de los 2.000 metros, haciendo inviable la instalación. La decisión se apoyó en un informe de la ONU que proyectaba un calentamiento global acelerado. Sin embargo, una década después, la nieve sigue cayendo cada invierno y la estación no se ha construido. Este caso ejemplifica una tendencia que genera cada vez más escepticismo: el coste económico de predicciones climáticas que no se cumplen.
Un historial de profecías incumplidas
No es un caso aislado. En 2014 se pronosticó que el Ebro se convertiría en un secarral; en 2019, el río protagonizó una crecida extraordinaria. El IPCC llegó a afirmar que Asturias tendría un clima tropical en 2020; hoy, los inviernos asturianos siguen siendo fríos. Incluso la famosa «isla de plástico» del Pacífico, que según algunos medios tenía el tamaño de Francia, España y Alemania juntas, no es visible desde el espacio ni ha podido ser localizada con precisión. Estos ejemplos, recopilados en el ensayo «Wrong Again: 50 Years of Failed Eco-pocalyptic Predictions», alimentan la percepción de que el discurso apocalíptico se retrasa constantemente, como las profecías de los testigos de Jehová.
El negocio de la incertidumbre
Más allá del ridículo científico, el asunto tiene una dimensión económica. La parálisis de San Glorio es un ejemplo del impacto de estas decisiones en proyectos empresariales. La Agenda 2030, criticada por algunos diputados y expertos, se percibe como un instrumento para empobrecer a la población, con medidas como las etiquetas energéticas obligatorias en viviendas, que encarecen el acceso a la vivienda. Las aseguradoras ya están ajustando sus primas ante el riesgo climático, mientras que las administraciones públicas destinan millones a adaptarse a escenarios de hasta 3,3 grados de calentamiento, como recomienda la UE.
Voces disidentes en la ciencia
No todo el mundo acepta el relato oficial. El premio Nobel de Física Ivar Giaever ha calificado el calentamiento global como «una estafa» y sostiene que el cambio climático es de origen natural. José Antonio Maldonado, presidente de honor de la Asociación Meteorológica de España, duda de la influencia humana tan drástica. Geólogos como Sáenz de Santamaría desmontan el argumentario político y mediático. Incluso los datos satelitales muestran que julio de 2023 no fue el mes más cálido del registro, a diferencia de lo afirmado por la NASA. Estas posturas, aunque minoritarias, cuestionan la base del consenso.
La geoingeniería como plan B
Mientras tanto, el dinero fluye hacia soluciones de geoingeniería. La startup Stardust Solutions ha recaudado 60 millones de dólares para probar tecnología que refleje la luz solar. Paradójicamente, se invierte en enfriar el planeta mientras se descarta la posibilidad de que el clima se regule por sí solo. La frase atribuida a Lyndon Johnson, «quien controla el clima, controla el mundo», resuena en este contexto.
Conclusiones abiertas
La tensión entre catastrofismo y escepticismo no se resuelve. Las predicciones siguen fallando, pero las políticas basadas en ellas se implementan con costes tangibles. ¿Hasta qué punto merece la pena pagar por un futuro incierto? La respuesta sigue abierta.