De la victoria ucraniana a la amenaza rusa: el giro del relato
El 27 de mayo de 2022 un vecino caminaba entre las ruinas de un edificio en Kramatorsk mientras, a pocas calles, una mujer con párkinson confesaba llevar un mes sin su medicación. El reportaje —firmado por Marta Serafini para
Corriere della Sera y reproducido en
El Mundo— arrancaba con la conquista de Lyman,
40 kilómetros al norte, y advertía de que el siguiente objetivo era Slavyansk, última salida de Severodonetsk y puerta de entrada a la ciudad. «En dos semanas los rusos llegarán hasta aquí». La frase resume el viraje del relato oficial.
Durante meses, la versión dominante fue la contraria. Rusia se quedaba sin munición, sus blindados eran
chatarra, era incapaz de conquistar las ciudades fronterizas y su economía se desmoronaba a cámara lenta. Ahora la misma maquinaria informativa sitúa al ejército ruso entrando por el este y desliza la hipótesis de una Ucrania que pierde terreno. Sin transición aparente. Sin explicación. Ese es el núcleo del asunto.
¿Por qué cambia ahora el relato sobre la guerra de Ucrania?
La explicación más repetida tiene poco de militar y mucho de gestión de expectativas. Si durante tres meses se vendió que Rusia estaba acabada, sostener al mismo tiempo que Europa debe rearmarse porque la amenaza es existencial resulta complicado. Un truco de Magia Borrás: el mismo objeto es una cosa y la contraria según el momento del espectáculo. Un ejército de chatarra que no toma nada y, a la vez, una potencia capaz de llegar a Lisboa en tres días. Ambas cosas caben en el mismo informativo, a horas distintas.
Hay quien añade un factor de desgaste: la audiencia. Cuando un asunto se instala semanas en portada con el mismo tono, la atención cae. Y cuando cae, toca cambiar el ángulo para recuperarla. En países con opinión pública menos movilizada, la pregunta ya no es quién gana en el Donbás, sino cuánto cuesta la factura.
El reparto de ganancias de la guerra
El inventario de beneficios que se maneja es llamativo. Rusia consolida los territorios que va conquistando sobre el terreno. La
OTAN suma dos incorporaciones de peso con
Finlandia y Suecia. La industria armamentística encuentra un mercado garantizado durante años. Y Estados Unidos cierra el círculo: rompe la relación energética entre Europa y Rusia, encarece la factura europea y coloca su propio material.
Las cifras son gruesas. Una estimación que circula habla de
30k millones en armas enviadas a Ucrania, además de lo ya entregado y de lo que cada país compra por su cuenta. El detalle incómodo: si Rusia es tan incapaz como se decía, ¿por qué la lista de compras no deja de crecer? Y si de verdad es la amenaza omnipresente que se describe ahora, ¿por qué se la presenta sacando de los almacenes carros de modelos antiguos? Las dos versiones no encajan en el mismo párrafo.
¿Qué gana el ciudadano europeo con esta guerra?
Poco, según el tono general. La transición energética se convierte en obligación de bolsillo: menos calefacción, más manta. El coche propio pasa a ser un lujo discutido y el transporte público, la salida. La cesta de la compra sube, la proteína animal se encarece y la broma recurrente es que la dieta mediterránea vuelve por la vía de la escasez.
El grano y los fertilizantes son el capítulo menos comentado y probablemente el más serio. Hay quien cifra en
un 75% la reducción de producción agrícola por la falta de fertilizantes. No es solo el trigo bloqueado: es el insumo de todo el sistema alimentario. Ese número no sale en portada con la facilidad con la que sale un mapa del frente.
La audiencia que cambia de canal
La señal que debería preocupar a los gestores del relato no está en el frente, está en los bares. La observación es sencilla y difícil de rebatir: cuando arranca el bloque informativo sobre Ucrania, quien tiene el mando cambia de canal. Y vuelve a cambiar. Hasta dar con el deportivo. La fatiga informativa no se mide en encuestas, se mide en
zapping.
Eso no significa que el asunto deje de importar. Significa que el relato ha perdido el monopolio de la atención y que el coste económico —el que sí toca el bolsillo— llega sin el acompañamiento narrativo que lo justifique. Se puede cambiar el guion cien veces; si el espectador ya se ha ido, el mensaje se pierde por el camino.
Con la producción agrícola mundial recortada y el frente acercándose a Kramatorsk, el dato que descoloca no es quién gana la batalla. Es cuánto de ese 75% acabará repercutido en el precio de la cena. Nadie ha puesto todavía esa cifra en un titular.