Los robots ya juegan al tenis: ¿qué trabajo manual queda a salvo de la IA?
Un robot humanoide de la empresa Galbot ha completado más de 100 intercambios de tenis consecutivos sin cometer un solo error, en plenos World Humanoid Robot Games de Pekín. El hito, difundido en vídeo, ha vuelto a encender el debate sobre la automatización de los trabajos manuales. Porque si una máquina puede aprender a devolver bowling a 200 km/h, ¿qué impide que mañana cambie una teja o repare una fuga? La respuesta, según los análisis que circulan estos días, es más compleja de lo que parece.
Del ajedrez al tenis: la curva que nadie quiere ver
La comparación es inevitable. En 1997, Deep Blue derrotó a Kasparov y muchos vaticinaron el fin de la inteligencia humana en el ajedrez. Hoy, cualquier programa corriendo en un móvil de gama baja aplasta a un gran maestro. Con la robótica pasa algo similar: hace cinco años los robots bipedos iban conectados a cables y apenas se mantenían en pie; ahora superan el récord de Usain Bolt en velocidad, aunque todavía se estrellen al frenar. La pogre es exponencial, y el caso del tenis lo demuestra: un robot que hoy pierde contra un jugador del ranking ATP 500 podría, en pocos años, ganar al número uno del mundo. Es la misma lógica que llevó al ajedrez a la irrelevancia humana.
La economía manda: automatizar no es lo mismo que poder automatizar
Pero hay un matiz que los entusiastas de la IA suelen pasar por alto: que una tarea sea técnicamente automatizable no significa que sea económicamente rentable. En países nórdicos, con salarios altos y capital abundante, los hoteles ya funcionan sin apenas personal. En España, con sueldos bajos, la ecuación no cuadra. Un robot capaz de subirse a un andamio para cambiar una teja costaría una fortuna; alquilarlo para un trabajo puntual sería un disparate. El coste de la máquina, su mantenimiento y la energía que consume deben competir con un peón que cobra 1.200 euros al mes. Y ahí, la balanza se inclina claramente hacia el humano.
La construcción y la fontanería: el verdadero campo de batalla
El caso de la construcción es paradigmático. Un robot con IA puede ser útil como mozo de cargas pesadas, pero no para preguntar al jefe de obra en qué piso está la faena, llevar la gunitadora, enchufarla, cargar los sacos de mortero, gunitar y limpiar después. Eso requiere una logística y una adaptación al caos de la obra que, hoy por hoy, solo un humano puede gestionar. Sin embargo, la industrialización de la construcción es inevitable: los entornos se volverán más controlados y los robots especialistas —ya existentes en soldadura, pintura o montaje de paneles— se irán comiendo lo repetitivo. El fontanero de obra no desaparecerá, pero pasará a supervisar y resolver imprevistos mientras la máquina hace el trabajo sucio.
El límite energético y la propuesta de impuestos a robots
Otro factor que suele ignorarse es la energía. La IA y la robótica avanzada consumen cantidades ingentes de electricidad, y la escasez energética podría ser el verdadero freno a la automatización masiva. Si no hay energía barata, habrá sectores donde la robótica simplemente no entre. Mientras tanto, algunos proponen gravar a cada robot que trabaje como si fuera un empleado, con cotizaciones a la Seguridad Social, para financiar una renta básica universal. La idea suena razonable sobre el papel, pero plantea un problema de incentivos: si todos cobran lo mismo sin esfuerzo, ¿quién se molesta en formarse o trabajar? La meritocracia, ya de por sí tocada, se resentiría aún más.
¿Revolución o pantomima? El escepticismo como contrapeso
No falta quien sostiene que todo esto es una cortina de humo. La IA aún no ha eliminado un solo empleo de forma masiva, y el mayor avance en eficiencia laboral de los últimos dos siglos fue el teletrabajo. Según esta corriente, los robots son una herramienta para presionar a la baja los salarios y embolsarse bonus millonarios, no una amenaza real. Los supermercados ya prescinden de cajeras, pero lo hacen de forma gradual, no por falta de tecnología sino para evitar un shock social. La revolución industrial se repite, dicen los optimistas; la historia se repite como farsa, responden los escépticos.
Entre el vídeo del robot jugando al tenis y el fontanero que sigue siendo insustituible, la realidad se mueve en un terreno intermedio. La automatización llegará, pero no de golpe ni en todos los sectores por igual. La pregunta que queda en el aire es si la energía —ese recurso escaso que siempre acaba mandando en economía— permitirá que la robótica se extienda a todos los rincones del trabajo manual, o si acabaremos pedaleando en bicicletas para generar electricidad, como en el peor episodio de Black Mirror.