La multa de 60.000 euros por no banderilla que aún pesa sobre Feijóo
Feijóo es, sobre el papel, el político con más mayorías absolutas de España. Y, a la vez, una parte del electorado que debería ser suyo asegura que prefiere votar a Sánchez antes que darle la papeleta. La paradoja atraviesa el tablero: el candidato más ganador es, para un sector de su propio campo, casi el enemigo. La razón no es de hoy. Viene de las urnas autonómicas y, sobre todo, de una ley de salud gallega que contemplaba multas de hasta 60.000 euros por no banderilla.
La ley gallega que quería multar con hasta 60.000 euros
La reforma de la ley de salud de 2008 aprobada en el Parlamento de Galicia establecía la banderilla obligatoria y castigaba el incumplimiento con sanciones de hasta 60.000 euros, en función de la gravedad. La oposición la rechazó de plano. El propio Gobierno central marcó distancia de inmediato: la tramitación gallega, decía, no condicionaba el plan nacional de banderilla. El Tribunal Constitucional acabó anulando la norma al considerar que vulneraba varios derechos fundamentales.
Ahí arranca buena parte del desdén. No es la letra de la ley, sino lo que revela del personaje: un gestor que, ante la presión de la élite sanitaria y europea, se pliega. El argumento circula con fuerza entre quienes hicieron del pasaporte elvirus y de las restricciones de 2020 su línea roja personal. Se le atribuye además haber puesto trabas al voto de personas con positivo.
El «susto o gloria» como marco del tablero
El dilema se resume en una frase recurrente: escoger entre susto o gloria. A un lado, un presidente al que se atribuye el desgaste institucional, la gestión migratoria y el coste de la factura energética. Al otro, un recambio que promete continuidad con otro nombre. La tesis dominante: cualquier alternativa del Partido Popular no rompería el marco, sería un Rajoy con apellido distinto —y, con suerte, algo mejor.
La crítica más incisiva apunta al cálculo político. Ganó las elecciones y no gobierna porque, se dice, no quiere pagar el precio de ciertos pactos. Y quien no se moja, añaden, difícilmente tumba a un Ejecutivo que no cae por escándalo.
La acusación de tibieza: vivienda, inmi gración e inflación
Contra Feijóo pesa un reproche que se repite: no se posiciona. Se le acusa de ser blando en los tres asuntos que más aprietan a las familias —vivienda, inmi gración y carestía— y de no definir con claridad si sube o si baja. El contraargumento es su historial: en Galicia acumula el mayor número de mayorías absolutas del país, y el equipo que le rodea importaría tanto o más que él.
En paralelo, la inmi gración se ha convertido en el eje que más moviliza. El Gobierno advirtió a las comunidades de que, si rechazaban acoger a los menores migrantes de Ceuta, la Fiscalía tendría que actuar de oficio, apelando a la solidaridad interterritorial. El presidente defendió que quienes llegan no son invasores y buscan una vida mejor. Es el tipo de declaración que enciende a un votante que ya venía caliente.
El «caballero inmaculado» que nunca llega
Hay una corriente que no pide cambiar de Gobierno, sino de sistema. Considera que el marco vigente no admite salvación con un simple cambio de poltronas y que votar al partido menos malo solo perpetúa el turno. Su conclusión práctica es radical: prestar el voto al adversario, o a cualquier opción sin posibilidades, para negárselo al candidato del Partido Popular. Es la lógica del castigo contra el propio campo.
El problema de esa posición salta a la vista: exige un candidato inmaculado. Y como no existe, el voto útil nunca llega y el ciclo se repite. Mientras tanto, las encuestas siguen igual de ajustadas.
Si el recambio promete más de lo mismo y el oficialismo no cae por escándalo, ¿qué tendría que pasar para que ese votante cambiara de idea? Nadie ha dado todavía la respuesta.