El ruido de las motos enciende el debate: ¿impuesto o prohibición?
¿Realmente hay más motos ruidosas que nunca, o es que la paciencia se ha agotado? Las quejas vecinales por los escapes manipulados y los rugidos nocturnos se han multiplicado, y con ellas las propuestas para atajar el problema: desde impuestos específicos hasta la prohibición total de las motos de combustión.
La contaminación acústica tiene un coste económico y social que rara vez se cuantifica. Pérdida de productividad, deterioro de la salud y depreciación inmobiliaria son algunas de las externalidades que soportan los ciudadanos. Ante esto, una corriente creciente apuesta por medidas fiscales: gravar las motos por nivel de ruido, de forma similar a los impuestos ambientales sobre emisiones. La lógica es que quien contamina paga, también acústicamente.
Sin embargo, dentro del mundo de la moto las aguas están divididas. Los propietarios de scooters tipo TMAX se quejan de las deportivas con escapes libres, mientras los de Harley-Davidson critican a los que hacen "brum-brum" a altas horas. Las tribus urbanas del motor se señalan unas a otras, pero el ruido no entiende de marcas.
La alternativa tecnológica, las motos eléctricas, avanza lentamente. Su precio sigue siendo elevado y la autonomía no convence. Pero algunos ven en la electrificación la única salida a una convivencia cada vez más tensa entre motoristas y peatones.
Mientras tanto, el rugido de los escapes libres sigue siendo gratis. Por ahora.