A lo largo de la última semana, «¡Amigo! ¡Amigo! ¿Seguro? ¡Un euro!» La escena la relataron quienes seguían en directo la entrada masiva de jóvenes marroquíes en Ceuta. Mientras decenas cruzaban la frontera, algunos ceutíes les ofrecían con sorna un seguro de vida por un euro. La anécdota tiene miga: resume mejor que ningún análisis el chasco de una aventura que empezó con celebraciones y terminó con decenas de personas volviendo a Marruecos con hambre y sin trabajo.
Al menos 18 personas murieron ahogadas, según los balances que circularon durante la crisis. Pero el dato que más descoloca es otro: una parte importante de quienes entraron optaron por regresar voluntariamente a las pocas horas. La razón que admitían quienes deshacían el camino era simple: no habían comido, no había curro y lo que se encontraron no se parecía al paraíso que les habían vendido.
El espejismo del Eldorado europeo
Las expectativas eran de otro planeta. En los primeros días de la avalancha se repitió hasta la saciedad que muchos de los que cruzaron creían ir a un país donde la comida y el dinero crecían en los árboles. Se citaron destinos tan improbables como Mónaco, Suiza, Canadá o Estados Unidos. Hubo incluso quien llegó a contar que en el episodio de 2021 se les había convencido de que Cristiano Ronaldo o Messi estaban firmando autógrafos en la valla.
La realidad fue tocar de pies en el suelo. Sin red de acogida, sin alojamiento y sin empleo, la mayoría de los que no tenían un plan más allá del impulso optaron por volver. Algunas voces apuntan que los que regresaron no son los más desesperados: los que viven en las inmediaciones cruzaron a comer, a dormir y hasta a cargar el móvil, y desanduvieron el camino en cuestión de horas.
Cifras que no cuadran: ¿cuántos se fueron y cuántos se quedaron?
El problema es que los números no cierran. Se habló de decenas de miles entrando y solo unos cientos regresando; otras estimaciones sostienen que la mayoría de los adultos volvió y que quienes se quedaron son, sobre todo, menores. La cifra que circuló con más fuerza fue la de 7.000 niños marroquíes dejados atrás mientras los hombres volvían. No es un dato oficial, pero marca el punto donde el relato se rompe: el hambre empujó a los mayores a casa y dejó a los pequeños en tierra de nadie.
Entre los que previsiblemente no volverán están los que buscaban otra cosa: personas que llevaban meses esperando para cruzar, recién salidos de prisión, o quienes no tienen ningún soporte en Marruecos. Esos, se argumenta, aprovecharon el circo para quedarse.
El detalle legal que puede cambiarlo todo: la devolución en caliente
La operación tuvo, además, una derivada jurídica de calado. Durante la avalancha se instaló en el mar una barrera flotante apodada «churro-salchicha». Lo interesante no es el apodo, sino el propósito: cumplir el requisito que fijó el Tribunal Supremo para permitir las devoluciones «en caliente» al superarse un elemento de contención física en el agua. Si ese elemento existe, el rechazo inmediato de quienes intenten cruzar por mar podría encajar en la doctrina legal.
Lo llamativo es que la instalación se hizo en cuestión de minutos, lo que sugiere que el dispositivo estaba previsto. La jugada, si se confirma, convertiría la crisis en un precedente: la frontera sur gana una herramienta para evitar el siguiente episodio.
La desigualdad que no se ve en las fotos
Detrás del retorno hay un fondo económico incómodo. Mientras los jóvenes cruzan la valla sin comida ni trabajo, la monarquía alauí exhibe una riqueza llamativa: se citaron los 12 palacios, 600 coches y relojes de un millón de euros atribuidos a Mohamed VI. La región del Rif, de donde salen muchos de los migrantes, es históricamente una de las más pobres y olvidadas del país. La falta de desarrollo en el norte de Marruecos es el combustible de la presión migratoria, y ningún interceptador en el mar va a apagar esa mecha.
El episodio de Ceuta duró lo que dura un espejismo. Los adultos volvieron por hambre; los menores, en cambio, se quedaron esperando una respuesta. La cifra exacta de vuelta no se sabe, pero la contradicción es evidente: en el mismo lugar donde se instaló una barrera para devolver rápido, se acumulan niños que no tienen a dónde volver.