El ADN de Tutankamón reabre el debate racial en el antiguo Egipto
La genética ha vuelto a la palestra. Un estudio del centro iGENEA sobre la momia de Tutankamón reveló que el faraón pertenecía al haplogrupo R1b1a2, presente en más del 50% de los varones europeos y en menos del 1% de los egipcios actuales. El dato, difundido por Reuters, se ha convertido en munición para quienes sostienen que los antiguos egipcios no eran negros. Pero la cosa no es tan simple.
Los partidarios de la tesis «negra» se apoyan en la iconografía del Reino Antiguo y Medio. Señalan representaciones con rasgos negroides —pelo afro, labios gruesos, prognatismo— y afirman que los egipcios distinguían a los nilótidas como «negros entre los negros». Para ellos, las oleadas migratorias posteriores (árabes, griegos, romanos) diluyeron ese fenotipo original.
Sin embargo, el arte egipcio también muestra una clara diferenciación entre egipcios y nubios, con tonos de piel distintos. El argumento de que «solo distinguían nilótidas» no convence a los críticos, que recuerdan que los propios egipcios se representaban a sí mismos con piel rojiza o marrón claro, mientras a los nubios los pintaban de negro intenso.
El debate, en cualquier caso, trasciende la arqueología. La carga política y la lucha por la identidad —tanto en el mundo afrocentrista como en el nacionalismo egipcio— contaminan cualquier análisis. Lo que dicen los datos: el ADN de Tutankamón apunta a un origen euroasiático, pero una momia no hace una civilización. Y las imágenes, como siempre, se prestan a interpretaciones opuestas.
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