Los 90: paraíso nostálgico o década de machetes y pastillas
¿Fue la década de 1990 el techo de toda una generación o solo la memoria haciendo horas extra? La respuesta depende casi siempre de la edad que se tuviera entonces. Quien la vivió de niño evoca la edad dorada de las consolas, la tele que se veía en familia y la calle como patio de juegos. Quien la vivió con nómina y alquiler recuerda otra cosa: la ruta del Bakalao, la heroína en los portales y una España en la que ir al pueblo era circular por un camino de cabras. Las dos versiones son ciertas a la vez. Ese es justo el problema.
La España del Pentium II y el monitor de 20 kilos
Para una parte, los noventa fueron la última década analógica sin dejar de ser digital: el Pentium II de dos gigas de RAM, el monitor de tubo que pesaba unos 20 kilos, el Monkey Island jugado con los primos, la Game Boy que llegaba por la comunión. La descripción se repite con pocas variantes: menos gente, más sitios donde ir, familias más juntas y camiseta negra con vaqueros como uniforme casi universal. Hay quien sostiene incluso que el tatuaje era entonces cosa de cuatro descarriados del heavy metal, no de una mayoría.
La cara amarga: heroína, machetes y muertos en la carretera
Frente a esa foto hay otra. Se describe una sociedad mojigata, con la violencia callejera como ruido de fondo —robos, palizas, secuestros— y una sensación de impunidad que hoy se recuerda con distancia. La heroína marcó la primera mitad; la segunda la firmaron las pastillas de la ruta del Bakalao, con titulares de domingo sobre jóvenes que no volvían de la discoteca. A eso se suma una red viaria mucho más letal: la carretera del pueblo a la ciudad era un camino de cabras donde no cabían dos coches, y los accidentes se llevaban gente cercana con una frecuencia que ahora parece imposible. Y no todo el mundo estaba en la calle: había mucha gente encerrada en casa, sin amigos ni ingresos, con trastornos mentales sin tratar por el estigma.
El euro, el ladrillo y la fecha en que se rompió algo
El pulso económico arranca con una cifra repetida como un mantra: «lo que costaba 100 pesetas pasó a costar un euro». La entrada de la moneda única se lee, desde esa orilla, como el pistoletazo de la inflación percibida. Otra corriente de análisis va más atrás y sitúa el origen del desastre inmobiliario en la liberalización del suelo que se atribuye a los gobiernos de José María Aznar; la respuesta habitual es que esa liberalización no llegó a aplicarse por el bloqueo de ayuntamientos y tribunales, y que el resultado —vivienda inasumible, clase media desaparecida, herencias rotas— se ha prolongado bajo ejecutivos posteriores. Hay quien cierra el círculo con una lista de puntos de no retorno: el 11-S, el 11-M y la pandemia.
Quién se quedó mirando desde el sofá
Conviene recordar que el relato del paraíso lo escriben, en gran medida, quienes tenían entre nueve y catorce años en 1999. La nostalgia juega con ventaja: filtra. Lo que se guarda es el verano en la calle, no la precariedad laboral sin contrato que arrastraba a media España ni el miedo a coger según qué autobús de madrugada. No hay respuesta cerrada sobre si aquello fue el cielo o la trinchera, porque probablemente fue las dos cosas para dos personas distintas. Queda un consuelo para los nostálgicos: por muy mal que esté el presente, nadie podrá quitarles haber jugado al Monkey Island en un monitor que pesaba 20 kilos. Ni siquiera el euro.