Bitcoin vale 0 euros: el pulso que ya dura 1.872 días
Hay una escena que se repite cada cierto tiempo en cualquier conversación sobre criptomonedas. Alguien sentencia que el bitcoin vale cero, alguien responde que el fiat también, y ambos se quedan convencidos de haber ganado. La diferencia es que esta vez el intercambio lleva
1.872 días abierto, acumula
111 respuestas y ha sobrevivido a un bitcoin que pasó de
46.500 dólares a
44.900 dólares y de ahí a doblar su precio. El que abrió el fuego lo tenía claro: «cuando cambiéis vuestros truñocoins a fiat tras daros el hostión financiero de vuestras vidas os darán este billete», y debajo dibujó un hueco para depositar la bilis. El hueco sigue ahí. La bilis también.
Qué se discute cuando se dice que bitcoin vale cero
La tesis inicial no es nueva: el bitcoin no produce flujos de caja, no paga cupones, no tiene valor industrial ni respaldo estatal. Quien la defiende añade que la mitad de los proyectos son estafas y la otra mitad están controlados por grandes tenedores que también manejan el dinero tradicional. En esencia, sostiene, es dinero fiat digital pero más fácil de hackear, y cada cierto tiempo un exchange se va con el dinero de los incautos. La conclusión es que el activo no vale nada y que el dinero del Monopoly inspira más confianza.
El contraargumento más repetido no niega la volatilidad, sino que la enmarca.
21 millones de unidades, minería que se agota poco a poco y
7.000 millones de personas en el mundo: si el bitcoin sigue siendo referencia como reserva de valor y medio de pago, la aritmética lleva a cifras de siete dígitos por unidad. El
dólar, dicen, es como el peso argentino o el bolívar, solo que su depreciación es más lenta por ser moneda de referencia mundial. Y hay quien recuerda que el valor de un activo no lo fija su utilidad física, sino la disposición de otro a comprarlo: si alguien ofrece cien euros por una unidad, el cero queda desmentido por la propia transacción.
El uso real frente a la especulación: Monero, PAXG y el oro
Entre los dos extremos aparece una tercera vía que suele perderse en la refriega. Hay quien afirma usar criptomonedas a diario para comerciar y acceder a servicios que de otra forma serían más difíciles, y que seguiría usándolas tanto si valen
100.000 euros como si valen uno. Ese uso real convive con un porcentaje alto de pura especulación, pero sostiene que el activo no vale cero porque hay gente dándole utilidad.
El ejemplo que más se repite es el del oro tokenizado.
PAXG está respaldada con oro real y puede cambiarse por oro físico en sitios autorizados, lo que para algunos desmonta la idea de que todo el sector es un timo. La respuesta desde el otro lado es que el oro tiene valor intrínseco, histórico e industrial, y el bitcoin ni eso. Y que incluso el oro depende de que el mercado reconozca su precio: quien tenga toneladas de metal precioso solo tendrá toneladas de otra cosa si el mercado decide que vale una miseria.
La trampa del momento de entrada
Aquí el debate se vuelve incómodo para ambos bandos. Se argumenta que entrar en bitcoin o ethereum cuando valían veinte euros no habría garantizado nada, porque el recorrido típico es comprar a veinte, verlo subir a cuarenta, vender a treinta, recomprar a cincuenta y vender a diez. La culpa no sería de quien avisaba del riesgo, sino de la propia gestión. La conclusión de ese razonamiento es que muchos de los que hoy se ríen del cripto se habrían arruinado igual con la misma volatilidad.
La otra cara es la del que compró y vendió. Hay quien relata haber vendido medio bitcoin por unos
50.000 euros, de los que había comprado en 2020. Y hay quien sostiene que el mercado necesita la sensación permanente de que el bitcoin siempre sube: si cae a
10.000 dólares, los que entraron arriba habrán perdido y será difícil que vuelvan a meter dinero. Las caídas controladas, dice este argumento, son parte del mecanismo, porque venden la idea de que entrar a 50.000 sigue siendo buena idea si el destino es 100.000. Eso es el FOMO, y funciona mientras la caída no sea del ochenta por ciento.
Quién controla realmente el mercado
El punto más técnico del intercambio es el de la descentralización. Que el protocolo sea descentralizado no implica que el mercado lo sea: los exchanges concentran el poder de fijación de precios, y hay quien compara la situación con la del oro, donde el Comex puede marcar el valor con independencia de lo que tengas en el sótano. La distinción entre el activo y quien lo maneja recorre buena parte de las respuestas.
Desde el otro lado se responde que el dinero fiat es tóner y trileros, y que en unos años se verá cómo va la cosa. La contra réplica es que el fiat también se devalúa, pero que eso no convierte al bitcoin en buena inversión en cualquier momento: el punto de entrada importa. Y que ahora mismo, con todo el mundo dentro, no hay punto de entrada claro. La señal de compra, ironiza alguien, es cuando nadie lo busque en Google.
Diversificar, apostar o esperar al colapso
La crítica más dura no va contra el activo, sino contra la gestión. Se sostiene que arriesgar casi todo el dinero en criptomonedas es de imprudente incluso si sale bien, por el riesgo de depreciación, de no poder vender o de ser robado. Y que no se puede diversificar dentro del sector porque todas las monedas se mueven en la misma dirección: si esa dirección es la ruina, el resultado está cantado. Para quien defiende esto, una cartera diversificada de verdad no es bitcoin, una altcoin y una moneda de broma.
El desafío más repetido a los agoreros es sencillo: si tan seguro se está de que vale cero, que se hipoteque la casa y abra cortos apalancados en bitcoin. En unos meses, se codearía con los grandes. Nadie ha enseñado todavía la escritura.
El reloj corre para los dos lados
El hilo tiene un problema de fondo que ninguna de las partes resuelve: el tiempo. Unos dicen que el bitcoin aguantará hasta que los gobiernos quieran, y que con la agenda 2030 a la vuelta de la esquina a esta forma de financiación le quedan los días contados. Otros responden que el fiat fue diseñado para devaluarse y que el bitcoin siempre estará para cuando los escépticos caigan de la burra. Y en medio, el dato que descoloca: el precio se ha doblado desde que se abrió esta discusión, y el que avisó del hostión sigue esperando a que llegue.