El campanario de Sol repica toda la noche cada 15 minutos
¿Se puede desalojar una acampada a base de campanadas? Es la duda que planea sobre la Puerta del Sol después de una noche en la que el reloj de la plaza ha repicado cada quince minutos, madrugada incluida. La queja más replicada lo plantea sin rodeos: nunca antes había sonado así, y hacerlo incumple la
Ordenanza de Protección contra la Contaminación Acústica. La acusación apunta al Ejecutivo de Isabel Díaz Ayuso, al que se piden explicaciones por una decisión que, según esa versión, tenía destinatarios concretos: las personas que siguen acampadas en la plaza.
Qué se sabe del repique nocturno en la Puerta del Sol
Los hechos, tal y como se han difundido, son acotados:
un repique automático cada 15 minutos, sin interrupción durante la noche, en un punto que habitualmente suena en contadas ocasiones al año y nunca a esas horas. La queja original adjunta la ordenanza municipal y pregunta directamente por qué se ha permitido. En el material difundido no consta confirmación oficial, ni expediente abierto, ni explicación de quién programó el mecanismo ni con qué autorización.
Ese silencio es, para buena parte de quienes siguen el asunto, la prueba que falta. Para otros, la constatación de que nadie va a asumir el coste político de admitirlo por escrito.
El ruido como herramienta de desgaste contra la acampada
La lectura dominante es la de la
guerra psicológica: nada de cargas policiales ni de órdenes de desalojo con cobertura legal discutible. Basta con impedir dormir. Es la táctica que en el argot de la calle se resume como
tortura acústica, y que aquí se aplicaría con precisión de relojería, nunca mejor dicho, sobre personas que no tienen dónde ir a descansar.
Quienes defienden el método no lo esconden: si no madrugan para ir a trabajar, argumentan, el insomnio forzado es el menor de los males. La formulación más repetida sitúa las campanas en la categoría de
mal menor frente a lo que consideran una ocupación permanente del espacio público.
Los vecinos de Sol, el daño colateral que nadie contabiliza
Aquí aparece la primera grieta. Las campanas no distinguen entre quienes acampan y quienes viven en la plaza. «Y los vecinos también», resume una de las respuestas más cortas del asunto, que en cuatro palabras desmonta el argumento del mal menor. Otros sostienen que en Sol ya apenas quedan residentes, que la zona lleva años sin ser un lugar tranquilo y que el repique no empeora gran cosa.
Es un consuelo discutible. La misma ordenanza que se invoca como incumplida existe, precisamente, porque hay gente que duerme a menos de cien metros del campanario.
Presión legítima o vulneración de la normativa acústica
El asunto ha dividido las reacciones. Una parte aplaude la ocurrencia y la considera una respuesta proporcionada a una situación que se arrastra; incluso hay quien sentencia que «poco me parece». Otra reclama más contundencia, con medidas de dispersión en lugar de música de campanario. Y una tercera, más prosaica, propone soluciones tecnológicas: drones que sobrevuelen la plaza de noche con agua jabonosa o desinfectante, mitad broma y mitad propuesta de vigilancia vecinal.
Nadie ha cuantificado, en todo caso, cuántas denuncias por ruido soportaría el Ayuntamiento si el repique se mantiene. Ese cálculo, con la ordenanza en la mano, sigue sin hacerse público.
Al final, el experimento tiene un fallo de diseño evidente. Si el objetivo era que la plaza dejara de dormir, se ha conseguido; si era que solo dejara de dormir la acampada, alguien tendrá que explicar por qué el campanario no tiene interruptor de vecindario.