La subida del 35% en los alimentos que el IPC no quiere ver
Comprar la cesta de la compra en España cuesta hoy un 35% más que hace tres años. Es la advertencia que ha lanzado esta semana La Sexta, y que ha encontrado un eco inmediato en los consumidores: los recibos del supermercado ya no cuadran con los datos oficiales. El IPC interanual ronda el 3% según el INE, pero cualquiera que pase por un frutero sabe que la cifra oficial pertenece a otra galaxia.
El recibo del supermercado vs el dato del INE
La distancia entre la estadística y el carrito es abismal. Los ejemplos que circulan estos días son demoledores: dos melocotones, dos manzanas y unos higos se van a 7,50 euros; los ingredientes para unas lentejas (dos cebollas, dos pimientos, patatas, un chorizo y ajos) superan los 9 euros. Hay quien calcula que solo en fruta, una persona gastaría 5 euros al día, es decir, 150 euros al mes. Y eso sin contar el resto de la despensa.
- Dos melocotones, dos manzanas y unos higos: 7,50 euros.
- Ingredientes para lentejas (verduras y chorizo): cerca de 9 euros.
- Familia de dos adultos y dos niños: más de 300 euros semanales solo en comida y productos de higiene.
Estos números chocan con la narrativa oficial. Si el precio de los alimentos ha subido un 35% en tres años, la cesta media debería reflejarlo. Pero el IPC, que mide una cesta teórica ponderada, se resiste a verlo. Hay quien sostiene que la inflación real del bolsillo supera el 20%, frente al 3% que reconoce el instituto estadístico.
El choque de cifras: inflación real vs inflación oficial
El origen de la discrepancia está en el diseño del propio indicador. El IPC pondera miles de productos, pero la cesta de la compra de una familia real no se parece a esa media. Los alimentos básicos –huevos, carne, pan, fruta, patatas– han sufrido subidas mucho más acusadas que la media, y en algunos casos se han duplicado o triplicado. El chocolate de fundir, las galletas, el pan, los huevos, el pollo o el cerdo son algunos de los afectados.
La especulación alimentaria asoma como la gran sospechosa. Mientras los costes de producción, la energía y los fertilizantes se disparaban, los márgenes de la distribución y de ciertos intermediarios han crecido a la sombra de la crisis. Es lo que algunos analistas definen como “la veda abierta de la especulación”.
La culpa es de... el eterno debate político
Ningún análisis serio puede obviar que la inflación alimentaria tiene componentes globales. Pero en el debate público español la culpa se dirime entre el Gobierno y el modelo productivo. Quienes cargan contra el Ejecutivo señalan el aumento del SMI y de los subsidios, mientras que otros recuerdan que la especulación no entiende de ideologías y que el dinero público se va en ayudas sin contener los precios. La realidad es que el poder adquisitivo de los salarios lleva años encogiéndose, y la cesta de la compra es el termómetro más visible.
Hay, además, un dato que incomoda: en El Salvador, con un salario mínimo de 330 euros, un litro de leche cuesta 1,24 euros. Esa cifra, puesta junto a los precios españoles, sugiere que la inflación no es un fenómeno inevitable, sino el resultado de decisiones que van más allá de la política monetaria.
El futuro inmediato no invita al optimismo. Con la vivienda en máximos, los alquileres disparados y la energía aún cara, la cesta de la compra se ha convertido en el primer frente de la resistencia familiar. La semana que viene los informativos volverán a hablar de la “vuelta al cole” y del coste de la cesta. Y, mientras el IPC siga diciendo otra cosa, la brecha entre la estadística y la realidad no hará más que crecer. La pregunta no es cuánto subirá el precio de los alimentos, sino cuándo el indicador oficial dejará de mirar hacia otro lado.