El pesimismo filosófico como receta de paz social, a examen
El pesimismo filosófico —ese que asigna un valor negativo a la existencia y sostiene que el sufrimiento pesa más que el placer— no convierte por sí solo a una sociedad en pacífica. La tesis contraria se defiende con entusiasmo: las civilizaciones educadas en esa doctrina habrían vivido con la codicia, la violencia física y las disputas territoriales en mínimos, cohesionadas por la empatía mutua. El problema aparece cuando se pide el ejemplo concreto.
Cátaros, amish y el problema del contraejemplo
El caso cátaro es el más citado y el peor sostenido. Los «perfectos» —que no comían carne pero sí pescado— vivían con austeridad monacal y sin descendencia; la masa de creyentes, caballeros, nobles y hombres de armas que los protegía, no. Ahí salta la primera objeción de peso: el ideal se predicaba, pero la sociedad que lo albergaba seguía matando. Quien sostiene la tesis responde que se refería solo a los perfectos, y el matiz desactiva media discusión.
Frente a ellos, amish, menonitas, cuáqueros, y en parte adventistas y Testigos de Jehová comparten un pacifismo documentado sin necesidad de renunciar a la descendencia. La ecuación pesimismo-igual-a-paz no cierra por ese lado.
La Alemania de Schopenhauer no era pesimista
Se invoca a Schopenhauer, Nietzsche y Heidegger como prueba del alma pesimista alemana, y el argumento se hunde solo: fueron Alemanias distintas entre sí, pronatalistas, construidas sobre el progreso, la nación y la raza. Ninguna de ellas asignaba un valor negativo a la existencia. Ese flanco, reconocido incluso por quien defiende la tesis, es el más frágil.
Queda una precisión que casi nadie concede: pesimismo y esfuerzo no son incompatibles. Cuanto mejor es tu vida, menor tiende a ser tu sufrimiento. No hay contradicción entre sostener que el dolor predomina y trabajar por vivir mejor.
Alrededor sobrevuelan otras recetas: el natalismo selectivo —regular quién procrea y cuántos hijos, ajustándolo a los flujos de crecimiento y mortalidad—, o la nostalgia de una Europa monacal y penitente, temerosa de Dios, entre los siglos VIII y XVIII.
Con estos mimbres, la tesis del pesimismo pacífico seguirá citándose en sobremesas cultas. Y seguirá sin resistir un contraejemplo bien elegido, que no tarda en aparecer.