22 años cobrando de Cuéntame y ahora la abuela dice que era mala
Dos décadas de nómina fija en un oficio donde la estabilidad es una excepción estadística. Eso es lo que tuvo María Galiana, la actriz que dio vida a la abuela Herminia, mientras se emitía Cuéntame cómo pasó. Y ahora, con la ficción ya cerrada, pone en duda que fuera buena: «A mí no me ha parecido una serie buena. Series buenas, las americanas», sostiene en declaraciones recogidas por FormulaTV. La frase ha encendido un asunto incómodo que va más allá de si el formato envejeció bien.
El fondo no es la calidad de la serie. El fondo es la economía de un intérprete atado durante 22 años al mismo personaje.
Veintidós años: el contrato imposible del audiovisual español
Pocos trabajos hay más precarios que el de actor: se vive de proyectos y entre proyecto y proyecto hay sequías. Cuéntame fue la excepción. La serie se mantuvo en antena 22 años y garantizaba a su reparto una nómina estable temporada tras temporada. El rodaje —apuntan quienes siguieron la producción— ocupaba entre dos y cuatro meses al año, dejando el resto del calendario libre para cine, teatro o publicidad.
Visto así, el papel era una mina: ingresos seguros sin cerrar la puerta a nada más. Entonces estalla la pregunta obvia. Si sobraban meses y faltaba tiempo, ¿por qué no llegaron esos otros grandes papeles? La respuesta menos épica es que el mercado no los puso encima de la mesa. A cierta edad, y con un estereotipo de abuela instalado en el imaginario colectivo, las ofertas no llueven. El mismo papel que alimentaba también encasillaba.
El dilema de la gratitud: ¿cuánto le debe un actor a quien le pagó el alquiler?
Aquí está la grieta de verdad. Una lectura sostiene que criticar ahora —con la serie terminada y sin nómina que arriesgar— es valentía de salón, y que lo honesto habría sido marcharse en la segunda temporada, cuando renunciar costaba algo. La lectura opuesta replica que la gratitud no es una cláusula contractual y que decir lo que uno piensa de un producto mediocre no traiciona a nadie.
En medio queda un detalle que se suele pasar por alto: la televisión fabrica mitos y luego los pone a trabajar. La «abuela de España» es un personaje construido a base de cariño prestado. Cuando el mito se rebela, parte del público siente que se le devuelve mal el afecto. Hay quien recuerda que ella habría preferido otros papeles, y que quizá intentó buscarlos sin éxito.
Doña Pura, la otra abuela que sí merecía el papel
La propia serie dejó una comparación inevitable. En las primeras temporadas convivieron dos abuelas: Herminia y Doña Pura, aquella muyer de pueblo, viuda dos veces e descendientes enterrados en la Guerra Civil, que jamás abandonó su casa de Albacete. Fue la mejor época del formato, coinciden los nostálgicos, con secundarios como el cura o el mismísimo Agustín González dando lecciones de oficio. La longevidad acabó devorando el costumbrismo y lo convirtió en un culebrón, con sustituciones de actrices incluidas que hoy se recuerdan como errores de casting.
Detrás de todo estaba la maquinaria: una productora externa, presupuestos ajustados y un reparto al que la permanencia daba visibilidad y también ataduras. Quien salía no volvía; quien se quedaba, se quedaba para siempre.
¿Puede alguien ser a la vez producto y crítico de su propio producto? La actriz ha dicho lo que piensa. Quien la contrató no tiene obligación de responder. Y el espectador que la sentó en el sofá durante 22 años sigue sin saber de qué lado ponerse.