Ceuta, el Supremo y el arte de llegar a nado sin nadar
¿Se puede aplicar una sentencia que exige llegar a nado cuando la frontera se cruza andando? Esa es la disyuntiva que ha vuelto a sacudir la política migratoria española. La geografía del paso fronterizo de Ceuta desmonta con una rapidez incómoda las condiciones del fallo. Varias voces con experiencia directa del cruce apuntan que, con marea baja, se atraviesa sin necesidad de nadar: el agua no cubre ni las rodillas en buena parte del recorrido. Las imágenes difundidas durante la emergencia mostraron a personas llegando a la playa con la ropa seca, mientras un buzo rastreaba una zona que apenas le llegaba a las piernas. La distancia, según un testimonio que ha cruzado esa frontera en numerosas ocasiones, no llega a los cien metros.
El matiz de la señalización y el comodín legal
La discusión no es solo física, sino jurídica. El texto del fallo incluye una coletilla sobre no cruzar una señalización visible, lo que llevó a instalar boyas en el agua para delimitar el paso. Pero sigue sin resolverse si esa delimitación remite a la alta mar o simplemente a la orilla. Entre tanto, la sospecha de que las leyes se estiran según la conveniencia del momento planea sobre todo el entramado. No es una teoría nueva: la crítica sostiene que los gobiernos usan las normas como cobertura para decisiones ya tomadas. En medio, los muertos. A los fallecidos, se argumenta, los mató la propia dinámica de la entrada: aplastamientos, ahogamientos, omisión de auxilio. Un detalle que el relato oficial prefiere no adornar.
Mar adentro, la sentencia dice que se nade. En la orilla, la marea baja desmiente. Entre medias, sigue habiendo quien cruza con el agua por la rodilla y quien no llega nunca a contarlo. La frontera sur sigue siendo un lugar donde lo jurídico y lo físico se miran con desconfianza mutua.