El cine se apaga: duración, repetición y fatiga del público
Un espectador compra una entrada para la nueva entrega de una saga en IMAX 3D, con asientos que se mueven y sonido envolvente. Mira la ficha: tres horas. Cambia de opinión. Esa escena, contada por un participante, resume el diagnóstico que recorre el hilo: hay quien sostiene que la gente no va porque las películas son infumables. Pero el problema no es solo la calidad, según los participantes. Es una combinación de duración, repetición y una producción que perciben cada vez más homogénea.
En el hilo se apunta a una caída sostenida de la asistencia a las salas, aunque no se aportan datos del sector. Las causas que se manejan en el debate van desde el aburrimiento puro hasta la fatiga ideológica, pasando por un modelo de negocio que premia lo seguro y castiga lo original. La pregunta que plantean algunos es si alguien con poder está dispuesto a cambiarlo.
¿Por qué las películas actuales duran tanto?
La duración se ha convertido en el primer filtro, según varios participantes. Lo que antes era señal de ambición —pasar de las dos horas— hoy es motivo de abandono para algunos. Un espectador lo resume con precisión: «Antes sabías que una película larga, digamos más de 120 minutos, tenía muchas posibilidades de ser una buena película». La lógica era simple: si duraba más, es que había algo que contar. Hoy, según la queja más repetida en el hilo, hay películas de más de dos horas en las que «no pasa nada en toda la película».
El cálculo del espectador medio es implacable, según su propio testimonio. Tres horas de metraje, más desplazamiento, más palomitas, más el coste de la entrada, más la oportunidad perdida de hacer cualquier otra cosa. La ecuación sale negativa antes de que empiece la proyección. Y no es solo una cuestión de pereza: es que el producto no justifica el tiempo invertido, según esta postura. La queja no es «no tengo tiempo», es «no merece la pena el tiempo».
La repetición como modelo de negocio
El segundo gran frente es la falta de originalidad. Remakes, secuelas, reboots y franquicias interminables copan la cartelera, según los participantes. Un análisis recurrente señala que «con tanto remake, están ocultando las originales que si no eran muchas obras maestras, al menos se dejaban ver». La industria ha convertido la nostalgia en un activo financiero y la novedad en un riesgo innecesario, según esta lectura.
El resultado, según esta opinión, es una paradoja: cuanto más se invierte en producir, menos se arriesga en crear. Los grandes estudios prefieren una secuela mediocre de una saga conocida que una historia original sin garantías, sostienen. El público lo detecta. Y castiga. No con boicots organizados, sino simplemente no yendo, según esta interpretación. La taquilla se resiente, pero el modelo no cambia porque los beneficios se concentran en unas pocas superproducciones globales, añaden.
¿Es el cine actual aburrido o es fatiga ideológica?
Aquí el diagnóstico se bifurca. Una parte del público habla de aburrimiento puro: historias previsibles, personajes planos, efectos especiales que sustituyen al guion. Otra parte lo llama «fatiga cinematográfica» y apunta a algo más profundo: la sensación de que cada película viene con un mensaje incorporado, una agenda que se cuela en cada trama. «No lo llamaría aburrimiento por falta de ideas y películas malas, prefiero llamarlo censura ideológica e imposición racial a niveles muy dementes», sostiene una de las posturas más repetidas.
El argumento no es que no se puedan contar historias con valores, sino que el marco creativo se ha estrechado, según esta postura. «La estructura comercial del cine se ha concentrado que no permite la más mínima veleidad de tocar temas críticos y políticamente incorrectos», añade otra voz. La consecuencia, según esta lectura, es que las temáticas se repiten hasta la náusea y el espectador —incluso el más paciente— acaba desconectando. No es que el cine sea malo, es que se ha vuelto predecible en su discurso, sostienen.
La alternativa: buscar fuera del circuito
Ante este panorama, una parte del público ha optado por la desconexión total. «Yo hace tiempo que me dejé de decepciones porque ni siquiera sé qué películas echan en cartelera ni me interesa buscarlo», resume una postura cada vez más común. No es una rendición, es una retirada estratégica, según esta interpretación. El tiempo es finito y el entretenimiento también.
Otros han migrado hacia productos de años anteriores. «Tengo que estar tirando de productos de años anteriores a la pandemia, y cuesta un huevo encontrar cosas interesantes», señala un espectador. La paradoja, según esta opinión, es que nunca ha habido tanta oferta disponible —plataformas, catálogos, streaming— y al mismo tiempo resulta tan difícil encontrar algo que merezca la pena. La abundancia ha generado parálisis, no satisfacción, sostienen.
El cine asiático aparece como refugio para algunos. «Prefiero el cine y las series asiáticas, al menos muchas de las películas se centran en contar historias y no en adoctrinar o en los efectos especiales», apunta una opinión recurrente. No es una solución de mercado, es una huida individual, según esta postura. Cada espectador construye su propia cartelera con lo que encuentra fuera del circuito mainstream.
El dato que descoloca
Mientras parte del público se aleja, la producción no se detiene, según los participantes. Se siguen haciendo películas, se siguen estrenando secuelas, se siguen firmando contratos millonarios. El sistema no se ha roto: simplemente ha dejado de conectar con una parte creciente de su audiencia, según esta lectura. Y esa desconexión, a diferencia de una mala racha, no se arregla con un buen estreno. Se arregla cambiando las reglas, sostienen. Nadie con poder parece dispuesto a hacerlo, concluyen.