El hartazgo social se convierte en un problema económico sin salida a la vista
¿Hasta cuándo se puede aguantar un gobierno que parece no escuchar? La respuesta, a juzgar por el malestar que recorre la economía real, es que cada vez menos. El hartazgo social se ha convertido en un factor económico: el consumo se resiente, la inversión se paraliza y la confianza se evapora. Los datos disponibles apuntan a un descontento que ya no se limita a las redes sociales, sino que se manifiesta en la calle, en los comercios y en las conversaciones cotidianas.
El hartazgo como variable económica
Una comerciante de un puesto de chuches relataba que su clientela ha cambiado y que el país se está transformando de una manera que no le gusta. Esa percepción, repetida en miles de pequeños negocios, tiene un impacto directo en el consumo y en la confianza empresarial. Cuando el ciudadano medio siente que el gobierno no le representa, su comportamiento económico cambia: ahorra más, invierte menos y pospone decisiones. Ese es el verdadero coste del descontento, mucho más difícil de medir que un dato de PIB.
La Ley de Nietos y el censo electoral: el dato que lo cambia todo
Más de 2,5 millones de personas han solicitado la nacionalidad española y más de medio millón ya la han obtenido. En 123 municipios, según el CERA, hay más electores residentes en el extranjero que en el propio municipio. Ese dato, que ha saltado al debate público, alimenta la percepción de que el censo electoral se está transformando de manera artificial. Se argumenta que esta ley, pensada para reparar una injusticia histórica, está teniendo un efecto colateral: la alteración del equilibrio electoral en municipios pequeños.
Impuestos y pensiones: la pinza que ahoga a la clase media
Se argumenta que el gobierno sube los impuestos para financiar aumentos de pensiones que luego se ven compensados con creces por la inflación. Un análisis citado en el debate señala que una subida de 30 euros en la pensión se traduce en más de 100 euros de impuestos adicionales, directos o vía inflación. Esa pinza explica por qué el malestar se concentra en la clase media trabajadora, que ve cómo su poder adquisitivo se erosiona año tras año.
La oposición como espejo: ¿hay alternativa?
El problema es que la alternativa tampoco convence. Se sostiene que el PP de Feijóo sería una mera gestión administrativa, sin leyes de calado, sin enfrentarse a Marruecos ni cambiar la política exterior. Y VOX, aunque se percibe como más duro, tampoco genera entusiasmo. La conclusión es que el descontento no tiene un canal de expresión electoral claro. Esa falta de alternativa es, quizás, el dato más preocupante: la gente está harta, pero no sabe a quién votar.
Movilización o resignación: el dilema de la derecha
Se critica la escasa capacidad de movilización de la derecha. Mientras que el votante de izquierdas tiene tiempo para manifestarse, el votante de derechas tiene obligaciones laborales y familiares que se lo impiden. Ese argumento, aunque simplista, explica por qué las manifestaciones contra el gobierno son minoritarias. La resignación, como decía Octavio Paz, se ha convertido en la actitud predominante: «Ningún pueblo cree en su gobierno. A lo sumo, los pueblos están resignados».
Mientras tanto, el país sigue funcionando gracias a un pequeño porcentaje de población que mantiene los servicios críticos, como se argumenta en el análisis. Pero la pregunta es cuánto tiempo más. Porque el hartazgo, como la inflación, también se acumula. Y cuando llegue el punto de ruptura, nadie sabe qué pasará. Quizás entonces la pregunta no sea quién gobierna, sino si alguien puede gobernar.