Qatar opera tres cazas distintos y negocia el F-35: ¿lujo o despropósito?
¿Qué tienen en común el Rafale francés, el Typhoon europeo y el F-15 estadounidense? Que los tres vuelan bajo la misma bandera, la de Catar, y que juntos forman una de las fuerzas aéreas más dispares del planeta. El país del Golfo ha ido acumulando aviones de combate como quien colecciona cromos, pero sin un plan maestro que garantice la interoperabilidad.
Tres modelos de tres proveedores distintos implican sistemas de armas, repuestos, formación de pilotos y mantenimiento completamente diferentes. El resultado es una flota brillante sobre el papel, pero difícil de coordinar en operaciones reales. Como señalan los analistas, es el equivalente al Real Madrid de los galácticos: mucho nombre, poca química. A esto se suma la posible compra del F-35 estadounidense, que añadiría una cuarta plataforma.
Mientras, la pregunta geopolítica flota en el aire: si Catar tiene poderío aéreo, ¿por qué no lo usa contra Irán tras los ataques con misiles balísticos? La respuesta apunta a una vulnerabilidad estratégica: sus plantas desalinizadoras, objetivo fácil para represalias iraníes.
En definitiva, Catar gasta ingentes sumas en aviones que no pueden jugar juntos y que, además, no se atreve a emplear. Un lujo que solo un país con petróleo y gas puede permitirse, pero que desde el punto de vista militar no tiene ningún puto sentido.
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