La producción de petróleo toca techo: ¿es el fin de la era del crudo?
¿Se está acabando el petróleo o nos lo quieren hacer creer para controlar el consumo? La pregunta resuena cada cierto tiempo, y el debate lleva años instalado en los círculos escépticos. Entre quienes ven en la teoría del peak oil una profecía autocumplida y quienes la tachan de montaje geopolítico, los datos ofrecen un paisaje turbio.
Reservas millonarias frente a producción estancada
El argumento recurrente de los negacionistas del peak oil es que las reservas probadas son enormes. Sólo Venezuela tiene crudo para abastecer al planeta durante tres siglos, según se ha repetido. El problema, replican los alarmistas, no es cuánto hay bajo tierra, sino cuánto se puede extraer al día. La producción diaria –insisten– lleva años estancada o en declive en los yacimientos convencionales. El petróleo no se crea de la noche a la mañana; es energía fósil acumulada durante millones de años, y su tasa de extracción tiene límites físicos que ni la tecnología ni el fracking han logrado esquivar del todo.
Promesas de 200 dólares que acabaron en 60
Los defensores del peak oil llevan décadas prediciendo un precio del barril desbocado. Para 2025 auguraban cifras superiores a 200 dólares. La realidad es que el crudo cotiza en torno a 60, y países como China e India –que supuestamente deberían estar estrangulados por la escasez– han multiplicado su PIB y su infraestructura desde 2005. Esto ha llevado a muchos a tachar la teoría de falso profetismo: si el pico ya se alcanzó entre 2005 y 2015, como algunos afirmaban, el crecimiento posterior de la economía global lo desmiente.
La geopolítica del grifo: Ucrania, Nord Stream y la mano de EE.UU.
Detrás del debate energético se esconde un tablero geopolítico. La invasión rusa de Ucrania y la voladura del gasoducto Nord Stream reavivaron la narrativa de que la escasez no es natural, sino provocada. Se apunta a que Estados Unidos busca desmembrar a Rusia y alejarla de Europa, utilizando la energía como arma. Si Rusia cae, el problema energético se retrasaría tres o cuatro décadas, según algunos analistas. La crisis de los setenta fue un montaje de los gringos, recuerdan, y la actual podría ir por el mismo camino.
Más gente, mismo caudal: el declive por persona
Hay una tercera vía que evita tanto el catastrofismo como la conspiración. El problema no sería un pico absoluto de producción, sino el crecimiento exponencial de la demanda frente a una extracción que sólo crece de forma lineal. El resultado es menos barriles por persona y día. Para disimularlo, se recurre a la inflación, a regulaciones como el coche eléctrico o a restricciones de oferta que expulsan del mercado a los consumidores menos solventes. Sin necesidad de un peak oil anunciado, el acceso a la energía se reduce de facto.
En definitiva, el crudo sigue fluyendo, pero cada vez a más países les cuesta más llenar el depósito. La próxima vez que alguien grite «¡peak oil!», vale la pena preguntarse si el pico no será el de nuestro propio consumo.