Antipsicóticos: ¿tratamiento o herramienta de control social?
La sospecha recorre ciertos sectores del análisis sanitario: los neurolépticos no curan, adormecen, recortan la esperanza de vida y esconden efectos secundarios que la industria prefiere atribuir a otras causas. La primera generación muestra síntomas visibles: chasquido de labios, temblor de manos, marcha arrastrada, acatisia. La segunda, comercializada desde 1990, sería aún más dañina, pero sus consecuencias —disfunción sexual, diabetes— resultan más fáciles de camuflar.
Los efectos que nadie quiere ver
La crítica a la psiquiatría tiene pedigrí: diez profesionales citados como referentes, de Franco Basaglia a Thomas Szasz, pasando por Michel Foucault, sostienen que el encierro químico sustituyó al manicomio. La teoría más inquietante apunta a que los antipsicóticos de primera generación podrían contribuir a enfermedades priónicas, las mismas proteínas anormales asociadas al «mal de las vacas locas». De confirmarse en la segunda generación, el escenario sería aún peor. La olanzapina, lanzada en 1996, tampoco está libre de sospecha.
El mal menor que sí funciona
Enfrente está la experiencia clínica cotidiana. Hay pacientes con esquizofrenia que, gracias al aripiprazol, dejaron de tener alucinaciones y recuperan una vida social normal; al suspenderlo, los brotes regresan. Para ellos, el debate conspirativo es un lujo que no pueden permitirse. Mientras unos ven «eugenesia encubierta», otros recuerdan que el fármaco, con todos sus riesgos, es el mal menor. La prescripción masiva de segunda generación seguirá alimentando la sospecha hasta que la ciencia oficial aclare qué pesa más.