La alcaldesa de Vitoria desafía el tabú nacionalista con la camiseta de la selección
Mientras Maider Etxebarria, alcaldesa de Vitoria-Gasteiz, se fotografía con la camiseta de la selección española durante el Mundial, en Bilbao el consistorio decide no instalar pantalla gigante para ver la final. «No hay demanda», argumentan. La contradicción dibuja el mapa real de las tensiones identitarias vascas, que tienen su traducción económica.
Un gesto calculado en año electoral
Etxebarria, del PSE-EE, rompe con el silencio habitual de los cargos públicos vascos ante los símbolos españoles. El gesto se interpreta como un movimiento para recuperar votantes constitucionalistas en una ciudad que ha visto cómo EH Bildu se convertía en la primera fuerza. «Hace años Álava y Vitoria eran del PP, hoy el partido más votado es Bildu», apunta un análisis de la evolución electoral. El coste: en Bilbao no habrá pantalla gigante —ni el rédito turístico que conlleva—, pese a que la afición hispanoamericana crece.
Demografía, voto y economía: el cóctel que cambia la región
Detrás de la polémica identitaria hay un trasfondo demográfico. Vitoria registra un aumento de población inmigrante, mientras que Bilbao atrae a miles de hispanoamericanos que, según fuentes del debate, apoyan mayoritariamente a la selección española. «El voto hispanoamericano se hace un hueco y no es separatista», señala una corriente de opinión. Paralelamente, el uso del euskera cae: menos del 18% de los vascos lo usan en casa, y en Bilbao apenas el 3%. La exigencia del idioma en lo público tensa la convivencia y genera una fractura que los partidos nacionalistas no logran cerrar con las nuevas generaciones.
¿Cuánto vale un gesto en la España vaciada emocional?
El cálculo político de Etxebarria puede tener coste o beneficio. Hay quien aplaude la normalización, pero también quien lo ve como oportunismo: «Hoy se ponen la camiseta y mañana le prenden fuego según les interese». Mientras, el PNV se enfrenta a una radicalización del voto joven y una posible pérdida de escaños. La pregunta queda abierta: ¿logrará la alcaldesa movilizar al votante moderado con un símbolo deportivo, o avivará aún más la polarización identitaria?