La burbuja del chiringuito: por qué franceses e italianos ya no llenan Ibiza
Hay una imagen que lo resume: una semana en Ibiza con hotel de tres estrellas, aire acondicionado, insonorización y puntuación superior a ocho cuesta apenas lo mismo que una semana en Langkawi, con vuelo incluido, y aún sobran 1.200 euros. La comparación la hace cualquiera que abra Booking con el calendario en la mano, y no es solo el alojamiento: cuatro cervezas y un plato de patatas con ajo salen por 20 euros en los chiringuitos de las Baleares. Resultado a la vista: playas casi vacías y turistas franceses e italianos que han decidido que su dinero rinde mejor en otro sitio.
El precio como filtro: ¿solución o suicidio?
Hay quien sostiene que subir precios es la única forma de espantar al turismo de borrachera y quedarse con el de calidad. El argumento tiene su lógica: si la noche en un tres estrellas cuesta un disparate, el que viene, viene a gastar. Pero la historia reciente del destino demuestra que el turista de verdad, el que deja dinero en el comercio local, huye de los abusos. El escenario de precios multiplicados por cuatro no ha traído más gasto, ha traído menos días de estancia y menos gente. La demanda no es tonta: cuando el plato de patatas cuesta lo que una comida en la Costa Azul, la elección se vuelve obvia.
El turista que viene: fiesta y poca cosa más
La paradoja del sector es que los hoteles siguen llenos, pero las playas están vacías antes de comer. El nuevo turista ibicenco sale de la discoteca al amanecer, duerme hasta las dos, come un sándwich del supermercado y vuelve a la fiesta. Su presupuesto se concentra en el alojamiento y en la noche. Los comercios que no viven de eso, restaurantes, tiendas, alquiler de hamacas, se quedan sin clientes. Es un cambio de modelo que deja cadáveres por el camino, y no precisamente los que se esperaban.
El debate de fondo: ¿enfermedad o remedio?
Detrás de los precios asoma el mismo dilema de siempre: si el turismo es una bendición o una condena. Unos señalan la losa de impuestos y burocracia que encarece cualquier servicio: un bar paga tasas municipales por unas mesas en la terraza, cotizaciones, autónomos, residuos. Otros responden que el turismo masivo ha sido el gran error del modelo económico español, un espejismo que no dejó industria ni innovación y ahora devora el territorio. La discusión política contamina la económica, como suele.
La paradoja final es que, a pesar de la caída de turistas y del acortamiento de las estancias, los ingresos del sector suben. Ibiza no se hunde, se convierte en otra cosa: un parque temático para quien puede pagarlo. La pregunta es cuánto tardará en descubrir que los parques temáticos también tienen fecha de caducidad. Y esa fecha, a la vista de los precios, la marca el propio mercado.