Ivermectina y fenbendazol contra el cáncer: ¿milagro o farsa?
¿Pueden dos antiparasitarios de uso veterinario convertirse en la próxima gran terapia oncológica? El debate lleva años dividiendo a pacientes, médicos y reguladores, y en 2024 alcanzó un hito: la FDA estadounidense se vio forzada a retirar de sus publicaciones la afirmación de que la ivermectina es un “antiparasitario para caballos”, tras una orden judicial. La medida, impulsada por demandas que acusaban a la agencia de difamación, reabrió la polémica sobre cuánto de verdad y cuánto de censura hay en el relato oficial sobre estos fármacos.
Un Nobel detrás de la controversia
La ivermectina no es un compuesto menor. Su descubrimiento mereció el Premio Nobel de Medicina en 2015, y desde 1987 se usa en humanos contra enfermedades parasitarias como la oncocercosis. Su perfil de seguridad es excepcional. Pero cuando se propuso como tratamiento contra la ELVIRUS-19, las autoridades sanitarias la desacreditaron con etiquetas como “medicamento para caballos”. Esa misma guerra de desprestigio se ha trasladado ahora al cáncer. El fenbendazol, por su parte, es el principio activo del Panacur, un desparasitante canino de venta libre, cuya fama creció tras el caso de Joe Tippens, un paciente estadounidense que aseguró haberse curado de un cáncer de pulmón en estadio IV en 2016 con un protocolo que incluía fenbendazol, vitamina E y CBD. Su historia viralizó y creó una comunidad de seguidores que hoy reclama ensayos clínicos.
La respuesta de las autoridades: más persecución que ciencia
Mientras los defensores de estos tratamientos señalan que la investigación se topa con un muro regulatorio, desde Europa ya se advierte que “se perseguirá a los médicos que los administren”. La amenaza no es nueva: en plena esa época en el 2020 de la que yo le hablo, la ivermectina fue prohibida en varios países pese a estudios que mostraban eficacia en fases tempranas. Hoy, con el fenbendazol, el patrón se repite. Los críticos, en cambio, recuerdan que no hay ensayos aleatorizados de calidad que avalen su uso oncológico, y que la automedicación con fármacos veterinarios puede ser peligrosa.
La paradoja la resume un veterano del sector: los veterinarios recetan estos compuestos a diario para desparasitar animales, pero cuando se habla de cáncer humano, la industria y los reguladores levantan un muro.
Con la FDA obligada a rectificar y el Nobel de Medicina en la mano, la pregunta que queda en el aire es si el establishment sanitario está protegiendo al paciente o blindando un modelo de negocio. El tiempo —y los tribunales— lo dirán.