¿Qué tiene Islandia que no quiera entrar en la UE? El sábado, en referéndum, el 52,5% de los islandeses votó contra retomar las negociaciones de adhesión, con el 47,5% a favor y cerca del 90% del escrutinio completado. Unos 273.000 ciudadanos acudieron a las urnas. La participación fue alta. El mensaje es claro: los islandeses prefieren seguir al margen del proyecto comunitario.
El argumento económico del no
La lectura más repetida no es cultural sino de cartera. Los países ricos que entran en la UE acaban pagando la factura. Islandia, con una economía pequeña pero saneada, no necesita los fondos de cohesión. Quienes quieren entrar son países como Ucrania o Armenia, que reciben transferencias mientras se les «destroza» según la ironía de un análisis. La comparación con España, que entró y recibió fondos durante décadas, sobrevuela el debate. Si eres contribuyente neto, la burocracia comunitaria es un coste difícil de explicar.
El espejismo de los tapones
La anécdota que circula es tan tonta como ilustrativa: los tapones de las botellas de agua atados al envase, una directiva comunitaria de la que los islandeses «han salido huyendo». La frase resume la percepción de una UE que legisla hasta el último detalle. La campaña por el sí fue intensa en televisión, pero no bastó. El margen, estrecho, deja una herida abierta y un sector que ya pide repetir la consulta hasta que salga el resultado correcto.
Los islandeses han hablado. Esta vez. La democracia es incómoda; sobre todo para quienes esperaban otra respuesta. Pero el tiempo corre y en Bruselas nunca se sabe cuándo habrá una nueva vuelta a la ruleta.