El recuento de muertes súbitas tras la vacuna que nadie firma
Las listas de fallecidos supuestamente vinculados a la vacuna contra la COVID-19 llevan más de un año engordando sin freno. La última compilación acumula más de 3.800 entradas en algo menos de doce meses: enfermeras que se desmayaron en directo, deportistas, músicos, médicos y menores de 30 años, casi siempre con una edad, un titular de prensa y la sospecha como conclusión. Lo que rara vez aparece es un denominador, una base de datos común o una prueba estadística. Y sin esos tres elementos, el recuento de muertes súbitas tras la vacuna se parece bastante más a una hemeroteca del miedo que a un informe epidemiológico.
El método: obituarios convertidos en prueba
La mecánica funciona porque es simple. Se localiza una esquela, se anota la edad, se archiva bajo la etiqueta de muerte súbita y se repite el ciclo. Con ese sistema, cualquier fallecimiento se convierte en evidencia y ninguna cifra necesita validación externa. El punto de partida declarado fue el desmayo en directo de la enfermera Tiffany Dover tras recibir la vacuna de Pfizer, un episodio que nunca se cerró con un parte médico definitivo y que sigue funcionando como semilla del relato.
El arranque de las listas ya contenía su propia refutación. Entre los primeros casos archivados figuraban 32 fallecidos en Corea del Sur tras vacunarse de la gripe y, sobre todo, participantes muertos en los ensayos de Pfizer y AstraZeneca que habían recibido el placebo. Es decir: una parte considerable de los fallecidos citados como prueba directa contra la vacuna no había recibido la vacuna.
Por qué el placebo también mata
El detalle del placebo desmonta media lista. En un ensayo con decenas de miles de participantes, morir de algo durante el seguimiento no es la excepción estadística: es la norma. Si en el grupo que recibe una sustancia inerte fallecen más personas que en el grupo vacunado, el recuento no demuestra nada sobre el fármaco; demuestra que la población general muere por mil causas distintas. Separar una cosa de la otra exige comparar tasas, no sumar titulares.
La señal que sí está documentada: miocarditis
Que existan recuentos sin base no significa que no haya riesgos reales. La miocarditis tras la vacunación es la señal que mejor resiste el escrutinio: el trabajo de Patone y colaboradores, publicado en Circulation en 2022, encontró un aumento de riesgo con un IRR de 1,52 tras la primera dosis de BNT162b2 y de 1,72 tras el refuerzo, con p-valores muy bajos. Estudios poblacionales japoneses y de otros países replicaron la señal con diseños distintos. Es un riesgo pequeño, documentado y concentrado en varones jóvenes, y su existencia no convierte en cierta cualquier lista de obituarios.
Waterford, autopsias y el 73,9%: las cifras sin link
Las compilaciones más agresivas se sostienen sobre tres números que circulan sin enlace al estudio original: que el 73,9% de las muertes posteriores a la vacunación se debieron a la inyección, que entre 470.000 y 840.000 estadounidenses murieron por las vacunas de ARNm y que Waterford, el lugar más vacunado del mundo según esta versión, registró un 85% de muertes en exceso. Los tres comparten la misma debilidad: proceden de análisis que rara vez se citan completos, que casi nunca se replican y que jamás aparecen con los denominadores a la vista.
El frente del cáncer y los famosos que caen
El segundo frente es oncológico. La tesis de los «cánceres turbo» —atribuida al oncólogo Angus Dalgleish, que sostiene haber revisado más de 400 publicaciones— acompaña cada diagnóstico de una figura pública: el guitarrista de Oasis Paul Arthurs con un cáncer de próstata a los 60 años, el actor de doblaje Mike McFarland fallecido de glioblastoma o el exfutbolista Roberto Carlos intervenido del corazón tras detectársele un trombo. Son hechos reales. La relación con la vacuna, no. Y esa distancia entre hecho y causa es exactamente el punto donde la lista deja de informar.
Muertes jóvenes y el relato que no se somete a series
El recuento presta especial atención a los fallecimientos jóvenes: una abogada de 24 años que se descompuso en casa, un chico de 17 que murió en ocho días, un joven de 19 hallado inconsciente en la vía pública, un futbolista de 21. La pregunta de si la mortalidad juvenil ha subido es legítima y tiene respuesta en los registros oficiales por grupos de edad, no en un muro de esquelas. La propia acumulación de casos sin tasa comparable es lo que impide saber si hay algo detrás o solo una anécdota amplificada.
Censura, financiación y el argumento de la verdad silenciada
El marco se completa con dos argumentos recurrentes. El primero es la financiación de las agencias reguladoras: se afirma que el 47% del presupuesto de la FDA proviene de la industria farmacéutica. El segundo es la censura de contenidos, con la retirada de más de un millón de vídeos sobre COVID reconocida en 2021 por la entonces consejera delegada de YouTube, Susan Wojcicki. Ninguno de los dos datos convierte una correlación en causa, pero ambos explican por qué el recuento se percibe como una verdad incómoda que alguien se esfuerza en tapar.
El volumen impresiona. La aritmética, de momento, no acompaña.