Tartessos no fue una colonia fenicia: lo que dicen las excavaciones
¿Y si la primera civilización de la Península Ibérica no fue un simple trasplante de las factorías orientales, sino un reino capaz de contratar murallas en la otra punta del Mediterráneo? Esa es la conclusión que se abre paso tras la última década de excavaciones en el valle del Guadalquivir y el Guadiana, con el yacimiento de Casas del Turuñuelo como buque insignia.
Un edificio que no debería existir según el manual
El santuario tartésico de Turuñuelo, en Guareña (Badajoz), apareció con una escalinata monumental que no tiene paralelo en el Mediterráneo occidental. Poco después, la tercera fase de excavación documentó una escena que supera cualquier guion: en el patio al que desciende la escalinata se celebró un gran banquete y, antes de incendiar y enterrar el edificio, se sacrificaron al menos 16 caballos, dos toros y un cerdo.
La datación —siglo V antes de Cristo, dos plantas y una hectárea de superficie— ya venía a contradecir la vieja idea de que Tartessos era un satélite cultural de los fenicios. Y lo hace con un argumento arquitectónico: si se quería copiar, no se inventa un edificio único.
Tartessos, entre la fusión y la dependencia
El debate de fondo no es nuevo. Hubo quien defendió que la cultura tartésica nació de la fusión entre fenicios y poblaciones indígenas ya en el siglo IX a.C.; otros la redujeron a un apéndice de las factorías coloniales. La evidencia reciente se inclina por la primera opción, con una red de asentamientos en el valle medio del Guadiana —Cancho Roano, La Mata, el Cerro del Tamborrío, Cerro Borreguero— que dibujan un territorio organizado para producir y administrar excedentes.
El Tesoro de Aliseda, un conjunto de 354 piezas orientalizantes de los siglos VII-VI a.C., es otra pieza del puzle. Su orfebrería tiene paralelos en el mundo fenicio, pero la ejecución y el contexto delatan un taller local, no una importación.
Contactos griegos y murallas con cargo a Tartessos
La novedad más incómoda para el relato oficial llegó con la estatua de mármol del Pentélico encontrada en Turuñuelo, acompañada de objetos etruscos. No es el tipo de material que suele aparecer en un rincón de Badajoz. Y entronca con la noticia que Heródoto dejó escrita sobre los foceos: murallas construidas con dinero de un rey de Tartessos.
La muralla arcaica de Focea existe, y está datada a principios del siglo VI a.C. Lo que no está confirmado es si la pagó un tartésico. La coincidencia es sugerente, pero los escépticos recuerdan que no hay inscripciones ni registro contable del Antiguo Régimen.
Lo que queda por excavar (y por proteger)
Mientras tanto, el patrimonio sigue a medio camino entre la ciencia y la política urbanística. En Castilla y León se eligió cubrir las ruinas de Lancia para no desviar una autovía; en Extremadura, Turuñuelo estuvo parado dos años por la compra de los terrenos. Solo se ha excavado un 10% de su superficie.
Con ese 10% ya han aparecido cinco rostros en relieve y una tablilla de pizarra con guerreros y letras. El resto aguarda bajo tierra. Lo más prudente sería rascar antes de verter hormigón: la historia, cuando se la deja salir, suele ser más rentable que el cemento.