Un sueldo, una hipoteca y un embarazo: el reparto del plan
¿Se sostiene un proyecto de vida cuando el reparto de cargas se decide antes de saber si hay proyecto? La propuesta que estos días se pone negro sobre blanco en una conversación privada, difundida por quienes la siguen, es tan simple como desconcertante: uno aporta su sueldo; la otra asume el embarazo, la hipoteca, las discusiones y las pastillas. Él quedaría como la parte mantenida. Ella, con todo lo demás. Con esas premisas, la pregunta interesante no es romántica. Es contable.
Qué se reparte cuando se reparte una vida
El esquema tiene una lógica reconocible: alguien entra con liquidez y alguien entra con tiempo, cuerpo y riesgo. El problema es la asimetría, porque una de las dos partes se compromete a algo que no se puede prorratear por meses. El vocabulario de la propuesta —carapadre, caramadre— suena a broma de sobremesa, pero describe un reparto muy concreto de obligaciones. Quien plantea el plan lo admite sin pudor: si vuelve a ver a la otra persona, dejaría todo, buscaría la mejor genética posible y se pondría a leer para mejorar la suya. Es una promesa de reconversión personal, no un plan económico.
Los interrogantes que nadie responde
A partir de ahí el optimismo se desinfla. Las dudas que acompañan al anuncio son de manual: si la otra persona es realmente quien parece, si su identidad resiste el escrutinio, si el pasado personal aguanta una conversación seria y si el consumo de drogas que se menciona es compatible con criar a alguien. Hay quien sostiene que un plan así se rompe al primer imprevisto; hay quien lo lee como una oportunidad real de estabilidad. Ninguna de las dos cosas está demostrada.
El propio interesado anticipó el final: dejar que el pánico invada y huir. Difícil encontrar un cierre más racional para un plan que todavía no ha empezado.