Torrente Presidente: cuando el cine español se olvida de ser divertido
4 millones de espectadores en dos meses y 30 millones de euros de recaudación suenan a éxito. Pero quien se sienta a ver Torrente Presidente en casa descubre un producto que ni siquiera funciona como entretenimiento de tarde. Las críticas coinciden en que la película es un refrito de cameos sin gracia, un guión que apenas da para tres chistes y un tono partidista que ahoga cualquier intento de humor. La paradoja está servida: el público acudió al cine, pero la decepción es casi unánime.
De la transgresión original al panfleto sin gracia
La primera entrega de Torrente data de 1998. Entonces, el personaje de Santiago Segura era una criatura soez, incorrecta y sorprendentemente fresca. Veintiocho años después, Torrente Presidente se presenta como una sátira política que reparte golpes a izquierda y derecha, pero sin la chispa que caracterizaba a la saga. Los gags se reducen a escenas de famosos haciendo el ridículo —desde el hijo de Bárcenas hasta actores de la vieja escuela— y la trama es un mero hilo conductor para la parodia de la actualidad política. El resultado, según múltiples análisis, es plano: una sucesión de momentos forzados que ni siquiera logran arrancar una sonrisa sostenida.
Una recaudación que no tapa las carencias
A nivel comercial, la cinta ha generado 30 millones de euros con 4 millones de asistentes en sus primeros dos meses de exhibición. Cifras que, en el cine español, son más que respetables. Sin embargo, detrás de los números se esconde un hecho incómodo: el boca a boca es devastador y las plataformas digitales confirmarán si el producto resiste el paso del tiempo. La propia estrategia de marketing se apoyó en la polémica política, consciente de que el humor ya no vendía. ¿Es suficiente la taquilla para justificar una entrega más?
El debate abierto sobre el cine y la polarización
Torrente Presidente ha conseguido algo que pocas películas logran: unir en la crítica a públicos ideológicamente opuestos. Desde quienes la acusan de ser un panfleto contra la izquierda hasta quienes la ven como un intento torpe de ser neutral, todos coinciden en que la calidad cinematográfica está muy por debajo del listón de las primeras entregas. La escena del debate electoral con una mujer trans, el cameo de Kevin Spacey —grabado antes de su cancelación— y la caricatura de Pedro Sánchez como un narcisista maquiavélico son los pocos momentos que generan discusión, no por su gracia, sino por su intención. Lo que la primera Torrente logró con crudeza espontánea, esta quinta entrega lo persigue con una estrategia calculada que huele a oportunismo.
Mirando al futuro de la saga
Con la promesa de una sexta entrega ya anunciada, la pregunta que flota en el ambiente no es si Torrente Presidente ha sido un éxito comercial, sino si el personaje ha agotado su recorrido. La nostalgia de los 90 ya no sostiene un producto que ha mutado de la transgresión al panfleto. Mientras la taquilla acompañe, Segura seguirá rodando, pero la credibilidad artística se desvanece. ¿Puede una franquicia sobrevivir solo de la polémica?