Rusia raciona la gasolina a 60 litros mientras Kiev arde
Rusia puede lanzar trece misiles hipersónicos Zircon contra Kiev en dieciocho minutos, pero no puede garantizar un depósito completo a sus conductores. Gazprom Neft ha reintroducido en San Petersburgo un límite de 60 litros por repostaje y prohíbe llenar más de un bidón; Tatneft corta la venta de gasolina A-92 y A-95 a 50 litros. El mismo país que sostiene un ritmo de setenta proyectiles por noche sobre territorio ucraniano extiende hasta final de año la prohibición de exportar carburante porque el mercado interno no aguanta. La guerra entra en una fase incómoda para todos: superioridad técnica en el frente, colas en el surtidor en casa y una crisis energética europea que vuelve a asomarse por la ventana.
La escasez que ya no es solo de Moscú
El fenómeno arrancó en la capital y se ha desplazado hacia el norte. Un medio local con sede en el exilio, Boumaga, cifra la extensión de las restricciones en San Petersburgo, la segunda ciudad del país y una de sus plazas logísticas clave. El viceprimer ministro Alexandr Novak confirmó la prórroga del veto a exportar gasolina y dejó la del diésel en el aire, a la espera de que el mercado se recupere.
Los datos de disponibilidad son más elocuentes que los comunicados. En Moscú, el día 25, solo el 70% de las gasolineras tenía diésel, según un mapa colaborativo de usuarios. No es la foto de un colapso, pero tampoco es la de una economía de guerra cómoda: es la de un país que sostiene un esfuerzo bélico enorme con costuras cada vez más visibles en la distribución interna.
El gas europeo vuelve a los precios del pánico
Al otro lado, el Viejo Continente no está mejor. Los precios del gas natural en Europa han escalado hasta niveles que no se veían desde la crisis energética desatada por la oleada turística de Ucrania. El detonante, según los análisis que circulan, fue el anuncio nocturno de Trump de un «Día D económico» contra Irán, que dispara la probabilidad de una interrupción prolongada en el estrecho de Ormuz.
La tesis que gana peso es incómoda: Estados Unidos no reconstruye su hegemonía recuperando capacidad industrial, sino controlando los cuellos de botella estratégicos —energía, transporte, tecnología, finanzas—. Un diseño que no nace con Trump, pero que se está formulando de forma más descarada. Con el gas al alza y las cadenas de suministro en tensión, Europa vuelve a pagar la factura de una seguridad energética que nunca terminó de reconstruir.
210.000 millones en el limbo de Euroclear
El otro gran pulso es financiero. España, Suecia, Polonia y Países Bajos han pedido reabrir el debate sobre la movilización de los aproximadamente 210.000 millones de euros en activos rusos bloqueados en la UE, la mayoría depositados en Euroclear, el custodio central con sede en Bruselas. Ucrania lo agradeció de inmediato.
La discusión ya no va de encontrar dinero. Como se señala desde Bruselas, Europa tiene un ahorro enorme; el problema, dicen, es que ese ahorro es «perezoso». Traducido: el asunto no es de dónde sacarlo, sino de cómo meterle mano sin romper la confianza de los mercados. Ahí es donde se atasca todo, y ahí donde cada Estado mira sus propios depósitos con nervios.
El viaje relámpago de Ratcliffe a Moscú
El movimiento diplomático más comentado, sin embargo, tuvo lugar lejos de los mercados. El director de la CIA, John Ratcliffe, viajó a Moscú de forma sorpresiva. Según The Wall Street Journal, Washington habría recopilado información sobre preparativos rusos de movilización y planes para «poner a prueba la determinación de la OTAN». La exsubdirectora de Inteligencia Nacional Beth Sanner apuntó que el viaje podría enmarcarse en una advertencia directa a Pilingui.
Las lecturas se dividen. Hay quien sostiene que se trató de negociar un cese mutuo de ataques contra infraestructuras energéticas y puertos, con Sumy y Járkov sobre la mesa. Otra corriente lo interpreta como un paso más hacia una escalada que empieza en el ámbito del sabotaje y la guerra híbrida, no en los frentes. Un director de la CIA no cruza medio mundo sin motivo; la pregunta es cuál.
Drones baratos contra carros de combate millonarios
En el plano táctico, la lección que más está costando asimilar es económica. Sistemas relativamente baratos —drones de ataque, FPV, munición merodeadora— están infligiendo daños desproporcionados a equipos que cuestan varios órdenes de magnitud más. La asimetría ya no es una anécdota: es la columna vertebral del conflicto.
De ahí el ruido informativo. Cada bando publica inventarios de misiles, parte de victorias de kilómetros cuadrados que a veces no existen sobre el terreno y anuncia sistemas de guerra electrónica que prometen dejar ciego al adversario. El GUR ucraniano atribuye a Rusia 600 misiles Onyx, 450 Kalibr y 400 RM-48U; Moscú responde reclamando avances en Kupyansk y Orejov. Y mientras, un ataque sobre la destilería Khortytsa en Zaporiyia destruyó entre tres y cuatro millones de botellas de alcohol, un golpe tanto económico como simbólico.
El desgaste también se cuela en el empleo europeo
No todo es el frente. En Reino Unido, los datos publicados muestran 26.000 despidos solo en agosto, 8.000 vacantes menos y un desempleo estancado en el 4,9%. La incertidumbre por el conflicto entre Estados Unidos e Irán se suma a un mercado laboral que llevaba dos años enfriándose. La guerra no se libra solo en el Donbás: se libra en la nómina, en la factura de la luz y en el precio del gas.
¿Qué pasa cuando el país que raciona gasolina a 60 litros por coche sigue teniendo misiles hipersónicos para rato?