La guerra de Ucrania se decide ya en los almacenes y las fábricas
El 5 de agosto los sistemas Patriot de Kiev permanecieron inactivos. Según la información publicada por el Financial Times y reproducida estos días, ni un solo misil balístico fue interceptado durante los ataques masivos contra la capital ucraniana. Dos días después, las Fuerzas Aéreas de Ucrania dejaron de informar públicamente de cuántos misiles lanza Rusia: la excusa oficial, «no minar la moral de la sociedad». La traducción práctica es otra: se han quedado sin interceptores. Y en una guerra de desgaste, eso vale más que cualquier parte de bajas.
La escasez no es un accidente. Es el resultado de una estrategia rusa que golpea el frente, la retaguardia logística y la red eléctrica al mismo tiempo. La central térmica TÉTs-6 de Troieshchina, la base petrolera de KLO en Brovary o los almacenes de Fozzy Group en Boryspil han ardido en las últimas semanas. El objetivo es simple y demoledor: dejar a Ucrania sin energía, sin comida y con una economía doméstica al borde del colapso.
El frente se mueve mientras la capital aguanta
En el terreno, la «ofensiva de verano» que cada año se anuncia y cada año se diluye tiene esta vez un poso distinto. Las fuerzas rusas han liberado Konstantinovka, Matyashovo y Nikoláipol en la República Popular de Donetsk, y los mapas que manejan los analistas sitúan a las tropas de Moscú a las puertas de Druzhkivka y Kramatorsk. También se han confirmado avances en las direcciones de Krasny Liman, Zaporizhia y Dnipropetrovsk, con la toma de Pisanitsy y Novoselovka. No son conquistas espectaculares en lo territorial, pero sí en lo que importa: la capacidad de seguir empujando sin agotar las reservas.
Porque Rusia también sangra. Los ataques ucranianos de largo alcance han alcanzado Voronezh, Dubna, Tula y la propia Moscú. En una sola jornada, el Ministerio de Defensa ruso informó de 734 drones derribados; en el ataque más intenso contra la capital, más de 190 dispositivos fueron abatidos solo en su área metropolitana. Los misiles Storm Shadow de fabricación británica han golpeado una planta de semiconductores en Voronezh y un ferry estratégico del estrecho de Kerch quedó fuera de juego. La guerra aérea de largo alcance ha llegado para quedarse.
La sombra de la escalada: del Báltico al Mar Negro
La guerra ya no es solo Ucrania. Cinco petroleros, dos aviones de alerta temprana y dos sistemas de guerra electrónica aparecen en el Báltico alrededor de Kaliningrado; un dron sobrevuela Gagauzia y Moldavia activa sus defensas; Polonia moviliza su aviación militar. Rusia, según las líneas de análisis más extendidas, habría decidido responder con dureza a los países de la OTAN que participen directamente en los ataques. Nadie quiere una guerra total con una potencia nuclear. Pero todos, con más o menos ruido, la están preparando.
La partida diplomática no se mueve
En lo político, el tablero está congelado. La llamada entre Putin y Trump de julio, de 1 hora y 25 minutos, fue descrita como «muy constructiva», pero el Kremlin mantiene que «no existen las condiciones necesarias para una solución pacífica». Hungría, con su nuevo primer ministro Peter Magyar, ha vuelto a condicionar la candidatura de Ucrania a la UE a la protección de los 80.000 húngaros de Zakarpatia. Y en el G7, los europeos intentaban convencer a Trump de que reanude el apoyo a Kiev mientras la Casa Blanca recorta misiones diplomáticas y mira a otra parte. El mensaje que queda flotando es incómodo para Bruselas: Estados Unidos prepara a Europa para un conflicto sin su propio ejército.
La economía que no se derrumbó
La narrativa del colapso ruso acumula más de cuatro años de predicciones fallidas. El rublo no se hundió, la economía siguió creciendo y la producción bélica se duplicó, según los datos que manejan quienes se toman la molestia de contrastar antes de opinar. El problema para Europa es que su propia reindustrialización defensiva choca con un muro concreto: no hay soldadores de acero balístico ni prensas gigantescas para fabricar blindados. La reconstrucción de la capacidad industrial occidental va a tardar años, y la guerra no espera.
El relato se resquebraja en Kiev
El «momento Vietnam» que menciona el profesor David Gibbs describe la sensación que se extiende: los engranajes del relato favorable a la guerra crujen cuando los hechos dejan de cuadrar. En Ucrania, las voces que piden la dimisión de Zelenski crecen desde la prensa alemana hasta los propios diputados de la Rada. La UE exige ahora a las mujeres ucranianas que acrediten que no eluden el servicio militar para recibir protección temporal. Y los incendios en fábricas europeas de munición, como la italiana KNDS o la búlgara EMCO, se asumen en los análisis como sabotajes contra la cadena de suministro occidental, aunque la prueba formal brille por su ausencia.
El dato que descoloca el cierre del verano
Hay una cifra que rara vez aparece en los partes y que condensa la derrota estratégica de Ucrania mejor que cualquier mapa: el precio de la gasolina. Un galón de combustible ya cuesta 12 dólares, y los ataques a los almacenes de la cadena Fora han causado pérdidas estimadas de cientos de millones de grivnas. Con la red logística hecha trizas, la economía doméstica colapsa antes que el frente. Los ucranianos no se rinden. Pero cada vez pueden resistir menos. Esa es, probablemente, la verdad que ningún comunicado oficial quiere firmar.