El cierre de Ormuz y la guerra iraní: el escenario del petróleo a 90 $
En algún punto entre el bombardeo israelí que, según un mensaje difundido en el hilo, destruyó el mayor complejo petrolero de Irán y el anuncio del derribo de un helicóptero Apache estadounidense sobre el estrecho de Ormuz, la guerra de Oriente Próximo dejó de medirse en kilómetros cuadrados y empezó a medirse en barriles. Una de las tesis que circula es tajante —el pulso militar sería, sobre todo, una operación de estrangulamiento económico— y como toda tesis tajante admite matices que el propio conflicto se encarga de poner a prueba cada semana.
Israel ha golpeado instalaciones energéticas estratégicas; Irán ha respondido amenazando con represalias y con cerrar, aunque sea en el relato, la arteria por la que respira el crudo del Golfo. Entre medias, Estados Unidos entra en escena cada vez que cae un aparato. El resultado: una guerra que se libra tanto en los cielos de Isfahán como en los mercados de futuros.
Israel destruye Asaluyeh y bombardea Isfahán
Misiles de precisión israelíes habrían alcanzado la refinería de Asaluyeh, en la costa del Golfo Pérsico, presentada como la mayor instalación petrolera de Irán. El complejo habría quedado destruido. En paralelo, la Fuerza Aérea israelí golpeaba objetivos en Isfahán, en pleno corazón del país. La reacción iraní llegó como anuncio: lanzamiento de misiles contra Israel en las próximas horas y suspensión de las clases en territorio israelí.
La lógica que se repite es la del control de los estrechos. Quien domina el paso de los buques domina el precio de lo que transportan. Por eso cada bombardeo sobre una refinería o un puerto se lee menos como una operación táctica y más como una jugada en un tablero energético.
¿Por qué un misil de cinco millones contra un objetivo barato arruina al que lo lanza?
El argumento económico más repetido es el de la asimetría de costes. Cargarse un vehículo con una bomba que vale varios millones —la horquilla que circula habla de cuatro o cinco millones de euros por impacto— es una forma de perder la guerra por la vía de la caja. El truco no es hacer daño al enemigo, sostiene este análisis, sino no autolesionarse en el proceso.
La cuenta, desarrollada con cierto detalle, da una diferencia que sorprende: enfrentar munición inteligente de altísimo precio contra objetivos de bajo coste agota las reservas del que dispara antes que la paciencia del que recibe.
El propio Ejército israelí señala a los colonos en Cisjordania
Mientras la atención se concentra en Irán, en Cisjordania los altos mandos militares habrían advertido al primer ministro de que la mayor parte de los incidentes violentos recientes procede de colonos. La cifra que circula es contundente: alrededor del 80% de los episodios recientes en el territorio ocupado desde 1967. El jefe del Estado Mayor habría señalado que el sistema actual hace imposible detener el fenómeno.
Un operativo para escoltar a unos colonos terminó, según estas informaciones, con la muerte de un palestino de 16 años. La advertencia interna añade una capa incómoda al relato oficial: la violencia no solo viene de fuera, y la propia estructura de seguridad israelí lo reconoce en privado.
Minab, el ataque que Irán quiere que nadie olvide
El representante iraní ante la ONU en Ginebra ha insistido en que la comunidad internacional no permitirá que caiga en el olvido el ataque contra la escuela de Minab, que habría dejado 168 civiles muertos. La cifra se ha convertido en una pieza central del discurso diplomático iraní, repetida en cada foro multilateral.
En Gaza, los ataques continuaron. Un bombardeo contra un campamento de desplazados en el puerto dejó un muerto identificado y varios heridos, según medios palestinos. La secuencia de golpes y respuestas no da tregua: cada operación se responde con otra en cuestión de días.
300.000 millones: la factura de la guerra para Irán
Uno de los cálculos que más se ha repetido en el seguimiento del conflicto cifra el coste de la guerra para el régimen iraní en unos 300.000 millones de dólares, sumando costes directos e indirectos: aviones, barcos, puentes, bases militares y radares destruidos, además de la pérdida de mandos militares y políticos difícilmente reemplazables. La cifra, atribuida a un análisis que circula, no está verificada de forma independiente.
La advertencia nuclear planea sobre toda la discusión. La posibilidad de que Teherán dé el salto y se haga con una bomba es el escenario que más se repite en el hilo, y el que justificaría, según sus defensores, la intensidad de los ataques preventivos.
Del fin de la solución de dos Estados a las profecías apocalípticas
En su discurso ante la ONU, el primer ministro israelí comparó conceder un Estado a los palestinos a un kilómetro de Jerusalén con dárselo a Al Qaeda a un kilómetro de Nueva York después del 11-S. La idea de que la solución de dos Estados ya no existe se ha extendido, con el argumento, difundido en redes, de que Gaza tuvo un Estado de facto desde 2005 y lo que hizo con él fue lanzar cohetes.
Junto a ese debate real conviven derivadas más esotéricas. Circulan lecturas de videntes del siglo XX según las cuales la próxima gran guerra estallaría en Oriente Próximo cuando todo el mundo creyera que la paz está asegurada. No hay pruebas que respalden estas profecías, pero alimentan la sensación de que el conflicto actual es el prólogo de algo mayor.
El escenario que dibuja una parte del análisis es el de un tira y afloja prolongado durante años: ataques, cierre temporal de Ormuz, encarecimiento del crudo y beneficios para la industria militar y energética. El escenario contrario es el de una escalada que se salga de las manos. Con la tregua durando ni dos segundos, cualquier predicción es, como mínimo, temeraria.