De Gaza a Ormuz: cuando la guerra cambió de escenario
La guerra de Oriente Medio dejó de ser un asunto entre Israel y Gaza. A lo largo de un seguimiento continuado, el conflicto se ensanchó por tres frentes a la vez: el choque directo entre Tel Aviv y Teherán, una guerra silenciosa en Cisjordania que el propio Ejército israelí reconoce, y una batalla económica que se dirime en el estrecho de Ormuz. Los episodios que sostienen esa lectura llegan casi siempre como anuncios de una de las partes: Israel ha anunciado la destrucción del complejo de refinería de Asaluyeh, en la costa del golfo Pérsico, se ha difundido un bombardeo sobre Isfahán, y la Guardia Revolucionaria iraní ha reivindicado ataques contra bases estadounidenses en Kuwait. Nadie tiene el mapa completo. Pero las piezas encajan de una forma que incomoda.
Que un conflicto nacido en Gaza acabe jugándose en el estrecho de Ormuz no es una casualidad narrativa. Es la prueba de que la guerra moderna se libra primero en los mercados y después en los titulares. Y de que, para entender qué está pasando de verdad, conviene desconfiar por defecto de todo lo que llega con un logotipo y una bandera.
El ataque a la refinería de Asaluyeh y el petróleo a 90 dólares
El golpe más citado del periodo fue el bombardeo que Israel presentó como la destrucción completa del complejo de refinería de Asaluyeh, en la costa del golfo Pérsico, además de un ataque sobre Isfahán. La operación se difundió en términos de precisión quirúrgica y efectismo propagandístico: misiles israelíes, una instalación estratégica iraní, y un mensaje que Teherán entendiera sin traducción.
El efecto económico, según el cálculo que circula en el debate, fue inmediato: con el estrecho de Ormuz en el centro del tablero, el tránsito marítimo se resintió y el crudo llegó a los 90 dólares por barril. La conexión es sencilla de explicar y terrible de asumir: quien controla el paso de Ormuz controla el precio que paga el resto del planeta por moverse. Y ese precio no lo fija un solo gobierno.
La respuesta iraní no tardó en llegar por vías menos visibles que un bombardeo. La Guardia Revolucionaria reivindicó ataques contra el radar de alerta temprana del sistema C-RAM en la base Ali Al Salem, en Kuwait, así como contra una concentración de fuerzas del ejército estadounidense. Fue el salto que muchos venían anticipando: de la guerra por delegación a la confrontación con las bases de Washington en la región.
¿Por qué sube el petróleo cuando se tensa el estrecho de Ormuz?
Porque alrededor de una quinta parte del crudo que consume el mundo sale por ese paso. Cuando la tensión sube, las aseguradoras encarecen el tránsito, los buques dudan y el precio se contagia por pura anticipación, antes incluso de que se cierre nada. Ahí está buena parte del análisis que circula: bastan dos semanas de ataques para que los precios suban, el crudo llegue a los 90 dólares y después, con la reapertura del paso, vuelvan a bajar.
El cálculo más escéptico sostiene que ese movimiento no es una consecuencia de la guerra, sino su objetivo. Es decir: que la escalada sirve tanto para estrangular económicamente a Irán como para recalentar los precios que benefician a la industria energética y de defensa. No hace falta suscribir la teoría completa para reconocer que los dos efectos existen y que, hasta la fecha, nadie ha explicado de forma convincente cómo se detiene uno sin disparar el otro.
Cisjordania: el 80% de la violencia que Israel sí reconoce
Mientras la atención miraba a Teherán, el frente que menos titulares produce siguió ardiendo en casa. Altos mandos del Ejército israelí trasladaron a su primer ministro una advertencia incómoda: alrededor del 80% de los incidentes recientes en Cisjordania estarían protagonizados por colonos judíos, y el sistema actual, según ellos mismos, hace imposible detener el fenómeno.
La cifra no es un dato menor. Cuando la fuente que la sostiene es la propia estructura militar del país acusado, el debate deja de ser una cuestión de simpatías. Un operativo para escoltar a un grupo de colonos terminó, según estos reportes, con la muerte de un palestino de 16 años. En sentido contrario, y según un mensaje difundido, dos soldados israelíes, un sargento y un mayor, murieron en Havat Gilad tras ser desarmado uno de ellos. La violencia en Cisjordania no tiene un solo bando. Tiene una geometría.
Hay quien sostiene que esta dinámica es imposible de contener mientras no cambie el marco legal de los asentamientos. En contra pesa el argumento de que ningún repliegue sobre el terreno se ha producido nunca sin una crisis interna mayúscula. Entre una cosa y otra, Israel ha pasado de vender seguridad a gestionar su propio exceso.
El coste de la guerra: 300.000 millones y la aritmética de la asimetría
Uno de los cálculos más repetidos del periodo pone número al desgaste del régimen iraní: cerca de 300.000 millones de dólares entre costes directos e indirectos, sumando aviones, buques, puentes, bases militares, radares y depósitos, además de la vida de miles de soldados y líderes políticos que nadie reemplaza con facilidad. La cifra es discutible por construcción —nadie publica su contabilidad de guerra—, pero sirve para dimensionar la factura.
El otro extremo de la balanza plantea un problema distinto y menos glamuroso: la economía de la intercepción. Hay quien lo resume con una imagen brutal y eficaz: si derribas un vehículo barato con un misil que cuesta millones, ganas la batalla y pierdes la cuenta corriente. Las bombas son caras y los objetivos, a veces, no. En una guerra de desgaste, el truco no es hacer daño, es no arruinarte haciéndolo. Esa asimetría es la que explica por qué una potencia militar imbatible en el campo de batalla puede acabar fatigada en el banco.
El fatalismo tiene predicamento en este tipo de debates, y no solo entre aficionados. Circulan citas de videntes y profetas del siglo XX, textos esotéricos y avisos apocalípticos sobre una tercera guerra mundial, porque el miedo busca siempre un guion conocido. La tentación de atribuir la historia a una profecía, a un plan oculto o al destino es vieja; lo nuevo es la velocidad con que se comparte. Nada de eso aporta un solo dato verificable.
¿Cuánta información sobre esta guerra es propaganda?
Una de las conclusiones más repetidas entre los analistas más incómodos es demoledora por simple: la inmensa mayoría de lo que circula sobre este conflicto, de un bando y del otro, es propaganda. El argumento no apunta a un medio concreto, sino al ecosistema entero: los medios de desinformación masiva repiten mantras con tanta insistencia que acaban convirtiéndose en sentido común. Que Estados Unidos está «corto de misiles» sería, según esta lectura, el ejemplo de manual.
La advertencia es útil porque ordena las prioridades. Si la fuente prioritaria no es un gobierno ni una cadena, sino un vídeo de quince segundos sin fechas ni lugares, la conversación deja de ser análisis y pasa a ser fanbase. Distinguir entre un parte militar y una campaña de opinión es hoy más valioso que tener razón rápido.
Trump, el Apache derribado y la promesa de represalia
Un episodio difundido en el hilo, atribuido a declaraciones de Trump, subió la tensión al máximo: el derribo por parte de Irán de un helicóptero Apache sobre el estrecho de Ormuz, con ambos pilotos seguros e ilesos, y la promesa pública de respuesta militar de Estados Unidos. Los pilotos vivos desactivaron la tragedia, no la crisis. La represalia prometida convertía a Washington en actor directo y no solo en patrocinador.
Vale la pena detenerse en el detalle. Un helicóptero derribado sin víctimas es, en términos de equilibrios, un incidente manejable; en términos de opinión pública, un ultimátum. La misma pieza sirve para dos relatos: la demostración de que Irán puede tocar a Estados Unidos sin matar a nadie, y la excusa perfecta para escalar sin aparecer como quien empezó. Según el estado del asunto a fecha de este seguimiento, la respuesta militar seguía anunciada y sin desenlace confirmado.
El frente libanés y la manía de la tregua de dos segundos
Irán ha sostenido que responderá con contundencia al último ataque israelí sobre Beirut, y ha amenazado con romper el entendimiento con Washington. El patrón se repite: bombardeo, promesa de respuesta, pausa, nuevo bombardeo. Quien siga el conflicto con la esperanza de una tregua estable lleva meses equivocándose: los periodos de calma han durado, en el mejor de los casos, lo que tarda en recargarse un lanzador.
En ese limbo se mueve también el frente de Hezbolá, presentado por unos como ejército real del Líbano frente a la agresión israelí y por otros como actor que arrastra a un país entero al fuego cruzado. La discusión, envenenada por la polarización extrema, rara vez baja al terreno de los datos. Y sin datos, el relato de cada bando se vuelve irrefutable.
Conviene anotarlo sin adornos: las cuentas no cuadran en ninguna dirección. Israel necesita presentar cada operación como quirúrgica; Irán necesita presentar cada golpe como tolerable; Estados Unidos necesita administrar la escalada sin elecciones perdidas y el mercado del crudo necesita algo que no sea ni paz ni caos. Es probable que los próximos meses traigan más bombardeos, más promesas de respuesta y más picos del petróleo antes que una solución. Pero también es posible que el punto de inflexión no sea militar. Bastaría con que el estrecho se abriera y no se cerrara, el crudo volviera a su sitio y el mundo, simplemente, empezara a mirar hacia otro lado. Eso, históricamente, ha detenido más guerras que cualquier alto el fuego sobre el papel.