¿Qué dice sobre nosotros la facilidad con la que reducimos a una mujer a un objeto?
En los rincones menos vigilados de la red, el anonimato sigue siendo coartada para la cosificación. Un intercambio de comentarios en un espacio digital muestra cómo, sin mediar provocación, el físico de una mujer se convierte en material para bromas de mal gusto, comparaciones zoológicas y un control sobre su peso que nunca pedimos. Las frases van desde la insinuación sexual hasta el menosprecio directo, todo con la naturalidad de quien cree que el cuerpo ajeno es opinable.
Hay quien lo llama «machismo digital de barra de bar». Otros lo ven como un síntoma de algo más profundo: la persistencia de una mirada masculina que todo lo mide, lo pesa y lo clasifica. En el fondo, da igual si la mujer tiene sobrepeso o no: el simple hecho de que se convierta en tema de discusión pública dice más de quienes hablan que de ella.
La ironía es que mientras se debate su peso, los que opinan no se sienten pesados. Al menos en redes sociales, el cuerpo de la mujer sigue siendo debatible y el baremo, la báscula.