Tres muertos en una presa de Navarra: el peligro oculto de los baños en embalses
Una mujer y sus dos hijos, de 7 y 11 años, fallecieron ahogados en una pequeña presa del Pirineo navarro. La paradoja: apenas había agua, pero un pozo de tres o cuatro metros sin escalera ni señalización fue suficiente para que la tragedia se consumara. Las víctimas, de origen magrebí, llevaban ropa de calle, lo que agravó el riesgo. El suceso reabre el debate sobre la seguridad en los baños fluviales y la falta de infraestructuras de prevención.
La física del ahogamiento en agua dulce
El agua dulce ofrece menos flotabilidad que el agua salada, un factor poco conocido pero determinante. En pantanos y ríos, los cambios bruscos de profundidad –los temidos “escalones de lodo”– son trampas mortales. Un usuario que pisa barro resbala y cae a varios metros de fondo, donde la visibilidad es nula y la temperatura del agua muy inferior. La reacción instintiva de tragar agua y el consiguiente espasmo laríngeo completan el cuadro. No es casualidad que buzos experimentados eviten sumergirse en embalses: el riesgo de quedar atrapado por ramas, fango o corrientes internas es altísimo.
Infraestructura ausente y negligencia administrativa
La presa donde ocurrió el suceso es una de las típicas de entrada a piscifactorías: en verano, con caudal mínimo, el agua forma un pozo de 3-4 metros de profundidad justo donde se puede acceder desde la orilla. No hay escaleras, ni bordillos, ni señales que adviertan del desnivel. La denuncia recurrente es que muchas de estas zonas carecen de cualquier medida de seguridad básica. En contraste, algunas poblaciones han habilitado playas fluviales con planchas de hormigón para evitar el escalón, pero son la excepción.
El factor humano: desconocimiento y vulnerabilidad
Las informaciones de la tragedia señalan que la madre y los niños eran de origen magrebí, y es probable que no supieran nadar. La ropa de calle –los vestidos largos que muchas mujeres llevan al bañarse– añadió peso y dificultad. Este perfil se ha repetido en otros ahogamientos: personas de países con poca cultura de natación en aguas abiertas que subestiman los peligros de un embalse. Algunos señalan que la combinación de falta de formación, absentismo paternal y ausencia de señalización forma un cóctel letal.
El coste económico de la prevención fallida
Cada rescate en un embalse puede costar miles de euros, a menudo con la necesidad de parar la producción eléctrica de centrales hidráulicas –como en el incidente de La Muela, donde se paralizó una turbina para buscar un cuerpo. Más allá del drama humano, la factura para las arcas públicas es considerable. La instalación de escaleras, balizas y señalización en puntos conflictivos sería mucho más barata, pero apenas se invierte. La pregunta que queda en el aire: ¿cuántas muertes más harán falta para que se actúe?