Movilización femenina en Ucrania: la palabra «exterminio» enciende la polémica
¿Hasta dónde puede estirarse la demanda de soldados antes de que el lenguaje de la guerra se convierta en un campo de batalla? Esta semana, el periodista estadounidense Tucker Carlson ha vuelto a incendiar la conversación pública con un vídeo en el que, junto al exdirector del Centro Nacional de Contraterrorismo, Joe Kent, arremete contra los llamamientos de Washington para que Kiev movilice a mujeres. Carlson calificó la situación de «exterminio», un término que no ha dejado indiferente a nadie.
En el vídeo, Kent denunció que Estados Unidos «está usando a los ucranianos como proxies porque sigue obsesionado con intentar dañar y desangrar a Rusia». La referencia a Keith Kellogg, exgeneral y exnegociador de Trump, como uno de los impulsores de esa idea añade más leña al fuego. Para una parte de la opinión, Carlson no es más que un altavoz del Kremlin; para otra, ha puesto el dedo en la llaga de una guerra que ha sacrificado a cientos de miles de hombres mientras ahora se plantea el reclutamiento femenino.
El trasfondo económico es ineludible. Ucrania afronta una escasez demográfica y laboral severa tras más de cuatro años de guerra. La movilización de mujeres no solo tiene un coste humano; también implica extraer del tejido productivo a una fuerza de trabajo esencial para sostener la economía y la natalidad futura. La pregunta incómoda es si la movilización femenina obedece a la igualdad o a la simple necesidad de rellenar listas de bajas.
Al final, la palabra «exterminio» ya no es exclusiva de los partes de guerra: ahora define el dilema de un país que agota su capital humano mientras el resto del mundo discute si el término es correcto.