El Gran Filtro no es el espacio: es la bomba que aún no estalla
Madrid, Barcelona y Lisboa convertidas en cráteres humeantes. En Huesca,
50.000 habitantes, no caería ni un solo artefacto: la provincia sobreviviría al
día del juicio final y con ella, sostienen los más optimistas, la especie humana. La escena resume la paradoja de Fermi, la pregunta que dejó flotando el físico italiano: si en el universo hay cientos de miles de millones de estrellas y deberían existir civilizaciones inteligentes, ¿por qué no vemos ninguna?
La respuesta que vertebra la discusión se llama
Gran Filtro. Una barrera, un cuello de botella, algo que impide que una civilización tecnológica dé el salto definitivo y se expanda por la galaxia.
Qué es el Gran Filtro y por qué tiene dos versiones
El planteamiento inicial distingue dos escenarios. Si el filtro ya ha pasado —una catástrofe que casi nadie supera— entonces el futuro de la humanidad es expandirse. Si está por venir, es la extinción. Y hay una tesis concreta sobre qué es:
la energía nuclear y el armamento químico y bacteriológico.
El razonamiento de fondo es casi económico. Mantener el nivel de bienestar exige formas de energía cada vez más potentes, y esas formas de energía traen incorporada la capacidad de destrucción total del planeta que las desarrolla. No hay carrera tecnológica sin combustible, y no hay combustible de esa escala sin riesgo existencial.
Tres generaciones con el botón rojo y cien por delante
Llevamos
tres generaciones desde que aparecieron las armas nucleares. Todavía hay personas vivas nacidas antes que ellas, incluidos, según sostiene el planteamiento que abre el asunto, los dos últimos presidentes de Estados Unidos. Desde entonces ha habido varias escaladas y la probabilidad de uso, sostiene este análisis, tiende a 1 conforme se renuevan las generaciones.
Cien generaciones son unos
3.000 años. Un parpadeo. El argumento no señala tanto a los dirigentes actuales como a la aritmética: basta con que en algún momento llegue al mando de una potencia nuclear alguien dispuesto a pulsar. La objeción histórica más citada es que quien llegó a tener armas químicas en el asedio de Berlín, en marzo de 1945, no las usó. Existe el precedente contrario, según recuerda otro participante: ya se han lanzado artefactos nucleares contra población civil, y no los lanzó el Eje.
Un Chernóbil en Madrid no mata a Huesca
La contra más repetida al fin del mundo es geográfica. Un Chernóbil en Barcelona, otro en Madrid y otro en Lisboa dispararían los casos de cáncer en el resto del país, pero no acabarían con todo el mundo. En el peor escenario de la Guerra Fría habrían sobrevivido miles de personas en zonas al margen del conflicto, con margen para prepararse: el Cono Sur, islas perdidas del Pacífico.
Esa catástrofe, paradójicamente, funcionaría como
vacuna y forzaría el paso hacia otros planetas del sistema solar antes de repetir el error. El freno no sería tecnológico sino cultural: en el Challenger murieron
siete personas y la agencia espacial arrastró una crisis durante años. Cuanto más avanza una sociedad, menos dispuesta está a asumir bajas en una expedición.
Segurolas a escala planetaria.
Si el filtro está mucho antes: supernovas, eucariotas y carbón
Otra línea sostiene que el cuello de botella no tiene nada que ver con nosotros. En el pasado de la galaxia las explosiones de supernova eran mucho más frecuentes y emitían chorros de rayos X capaces de arrasar la vida primigenia. Solo ahora, en un periodo de tranquilidad, se darían las condiciones para la inteligencia.
Hay más candidatos. La fusión de dos células que dio lugar a los organismos eucariotas, hasta donde sabemos,
ocurrió una sola vez. Y están los combustibles fósiles: sin petróleo ni carbón no se pasa de la primera revolución industrial. El carbón existe porque durante millones de años ningún organismo era capaz de degradar la madera, y el petróleo porque nadie digería las algas depositadas en el fondo marino. Sin ese accidente geológico no hay civilización industrial. A eso se suma la hipótesis de que somos los primeros: el sol sería una
estrella de quinta generación y los elementos pesados exigen varias generaciones previas de estrellas.
Biolaboratorios, Venus y las teorías sin pruebas
El armamento biológico aparece como amenaza superior a la nuclear por un motivo: queda al alcance de cualquiera. En ese terreno circulan afirmaciones sin ningún respaldo, como el supuesto origen de laboratorio del coronavirus o la existencia de una red de biolaboratorios en Ucrania. La misma ausencia de pruebas acompaña a la tesis de que las armas nucleares no existen y todo es un montaje.
En el otro extremo hay quien recuerda que ya se han detectado indicios serios en la atmósfera de Venus y que lo raro sería que no hubiera vida. También la hipótesis de la reserva natural: estaríamos dentro del territorio de una civilización mucho más avanzada que ni nos mira, igual que una hormiga no percibe una carretera.
El filtro que nadie quiere mirar
Queda la lectura más incómoda: el filtro es la conciencia humana. Salir del planeta obliga a relativizar los problemas locales y fijar un objetivo mayor, y una especie cortoplacista y belicosa no pasará del sistema solar. No es un límite físico, es de carácter.
Y una advertencia sobre las prisas. El diplodocus vivió hace
150 millones de años; el tiranosaurio, hace
66. Un tiranosaurio está más cerca de nosotros en el tiempo que de un diplodocus. Si una civilización industrial hubiera florecido en el Cretácico medio, hace unos 120 millones de años, sus restos serían indistinguibles de la naturaleza.