El verano sin tregua: récords de calor que ya tienen precio
España está atravesando el verano más persistente del que existe registro en las comarcas del sur, centro y este: desde el 1 de junio no se baja de los 35 grados de máxima, y los termómetros han superado los 40 en más de quince jornadas. A nivel global, la anomalía es de solo 0,4 grados sobre la media, pero el Mediterráneo occidental vive un episodio que se sale del guion de las olas de calor conocidas.
Los números del calor extremo
Los análisis que circulan desde junio apuntan a una duración inédita. «No son olas de calor de dos o tres días como en los 90, sino tres meses y medio sin bajar de 35», se insiste. En algunas zonas se han superado los 45 grados, y las noches tropicales —mínimas por encima de 25 grados— se cuentan por más de 100 en el año. Madrid registró en julio una media de 37 grados frente a los 33-34 históricos.
Frente a esa lectura, otro bloque de análisis baja el tono. En Sevilla, el junio pasado no superó los 40 ni un solo día, agosto suma dos y julio tuvo una semana intensa y otra sin apenas calor. «Esto es un verano, no normal, sino generoso», se argumenta. Y la comparación con 2022 recuerda que aquel verano ya fue un infierno sobre la tierra, con el actual todavía por cerrar.
La factura económica de un verano eterno
El calor continuado empieza a cotizar en los sectores que viven a la intemperie. En Ibiza, los sindicatos hoteleros estudian un plus de calor para julio y agosto porque los empleados están «machacados» y los socorristas aguantan un par de días antes de irse. En el campo, los árboles caducifolios no otoñan: se chamuscan y tiran las hojas secas en pleno agosto. Los bosques acumulan una cantidad de árboles secos que dan miedo.
La sequía se extiende a los grandes ríos europeos. El Rin y el Danubio a nivel de rambla, y el Támesis seco desde su nacimiento hasta la marea en Londres. Eso tensiona la energía hidroeléctrica, el riego y la logística fluvial, con efectos que aún no están contabilizados.
La guerra del termómetro: ¿a la sombra o al sol?
El debate no es solo meteorológico. Una corriente sostiene que las mediciones oficiales, tomadas a la sombra a dos metros, no reflejan la temperatura real que sufre el entorno. «En el asfalto se superan los 80 grados y en julio hubo jornadas que pasaron de 60», se cita de informaciones de prensa. La respuesta técnica es contundente: la garita no es una nevera, es un estándar universal que permite comparar estaciones, y la radiación solar se mide por separado. «No se puede poner el termómetro al sol en cualquier sitio, porque marcaría 70 en una arena oscura y 30 en un césped», se concluye.
Factores de fondo: el volcán, los aerosoles y la historia
Entre las explicaciones que ganan peso está la erupción del Hunga Tonga en 2022, que inyectó una enorme cantidad de vapor de agua en la estratosfera y pudo apuntalar el calentamiento. También la reducción de aerosoles en China, que al limpiar el aire deja pasar más radiación hasta el suelo, teoría que se usó para los 48 grados de Canadá. Hay quien recuerda episodios históricos más extremos, desde el calor de siglos pasados a la pequeña era glaciar. «La temperatura actual es una gota en la historia del clima», se zanja. Pero la persistencia de este verano no tiene precedente medido, y eso no es normal.
Las previsiones de agosto no dan tregua. Si el termómetro mantiene el pulso, este año batirá récords de persistencia y será el primero en el que el plus de calor, los socorristas fugados y los ríos secos entren de lleno en la contabilidad de la economía. La duda es si el calor remitirá antes de que la factura se lo cargue todo.