Neurodivergencia: la etiqueta identitaria que divide a la izquierda
¿Son los neurodivergentes la nueva minoría oprimida que la izquierda necesita para seguir sumando causas? A juzgar por cómo se ha extendido la etiqueta en redes y en el lenguaje político, la respuesta parece afirmativa. El término, nacido para describir a personas con autismo o TDAH, se ha convertido en un paraguas bajo el que cabe casi cualquier forma de inadaptación social. El problema es que el diagnóstico clínico se confunde con la autoafirmación identitaria.
De la clínica a la bandera
Hay quien sostiene que se está repitiendo el fenómeno de la transexualidad infantil: jóvenes que se autodesignan neurodivergentes con el único apoyo de su testimonio subjetivo, a veces con vídeos en los que se muestran extrovertidos y verbosos. Frente a ellos están los casos reales de autismo severo, reconocidos por las autoridades españolas como discapacidad. La sospecha de fondo es que la etiqueta sirve para convertir la rareza en privilegio victimista.
El coste laboral de ser diferente
Quienes viven con trastornos diagnosticados cuentan otra historia: la de un mercado laboral que castiga la falta de feeling con jefes y compañeros. Muchos acaban en el autoempleo o en la oposición, no por vocación, sino porque es la única vía de estabilidad. Las organizaciones, denuncian, enfocan mal el problema: convierten en causa política lo que es una dificultad concreta y cotidiana.
Falta de empatía, diagnóstico de la derecha
La burla hacia los problemas mentales como arma política ha encontrado réplica incluso entre quienes se declaran de derechas. Otra corriente recuerda que la compasión hacia los desfavorecidos formaba parte del ideario conservador clásico, y que reírse del gafotas de clase no es un principio, es de críos. El cierre, con ironía: quizá el siguiente paso lógico sea pedir una paguita para los que ya conviven con el diagnóstico. Algunos apuntan que alguien en la izquierda la está calculando.