El PIB frente a lo que vio la mujer bielorrusa en España
Aterrizó en España desde Bielorrusia y, según el mensaje, lo primero que le llamó la atención no fue la Sagrada Familia ni la tortilla de patatas. Fue
gente durmiendo en la calle, desahucios, personas hurgando en la basura y una cola en la Cruz Roja por un poco de comida. Lo cuenta el mensaje que firma Albert Santin, un tuit que circula estos días y que resume el asombro de una mujer que, según el propio texto, nunca antes había salido de su país.
La anécdota es solo eso, una anécdota: no trae cifras, ni muestra, ni comparación sistemática. Pero la discusión que ha levantado sí aporta números y ejecuta un ejercicio interesante: poner el PIB en el banquillo.
El pollo de 50 dólares: por qué el PIB no mide lo que parece
El ejemplo que propone uno de los participantes, con cifras inventadas, es casi de colegio. Una persona de un país rico compra
un pollo por 50 dólares. Diez personas de otro país compran diez pollos a
5 dólares cada uno. Según ese cálculo, en los dos casos el PIB sube exactamente lo mismo, 50 dólares, aunque en un sitio come una persona y en el otro comen diez. De ahí la conclusión que se defiende con vehemencia: el PIB contabiliza transacciones, no bienestar, y confundirlo con la salud de un país es el error
de manual que, a su juicio, lleva décadas repitiéndose.
En la comparación directa, uno de los participantes afirma, sin aportar fuente, que España figura en el
puesto 15 del ranking por PIB y Bielorrusia en el
66. Ese diferencial es, para unos, la prueba de que el asombro de la visitante es una postal y no un diagnóstico. Para otros, la demostración de que la estadística macroeconómica no distingue entre una economía que reparte y otra que solo suma.
Bielorrusia como espejo incómodo
El país de origen de la visitante entra en la conversación por la puerta grande. Hay quien lo describe como una economía industrializada moderna, mixta y con fuerte peso del Estado,
yo diría socialista, y sostiene que precisamente por eso se le dispara la propaganda: si el modelo funciona, el relato se agrieta. En la misma línea se apunta que buena parte de la izquierda occidental prefiere mirar a Cuba o al Sáhara antes que pronunciar Bielorrusia. Son afirmaciones que se lanzan sin respaldo documental y que conviene tratar como lo que son, opinión.
Del autor del tuit se recuerda en el mismo intercambio que reside en Bielorrusia, adonde se trasladó tras su etapa en el independentismo catalán. Ese detalle cambia la lectura del tuit: no es un turista de paso, es alguien que vive allí y compara desde dentro.
Las dos respuestas al tuit
No todos compran el marco. La réplica más socorrida es que quien se sorprende así es porque no ha salido de su casa, y que con el país en el puesto 66 frente al 15 español lo raro sería lo contrario. Tampoco faltaron los comentarios despectivos hacia ella, hacia él y hacia el país de origen, un ruido que no aporta un solo dato y que se queda fuera de cualquier análisis serio.
El fondo del asunto es otro. Qué mide un país y qué se ve desde la acera son dos preguntas distintas, y casi nunca coinciden.
La foto que describe el tuit —una cola para comer— y el puesto 15 en la tabla que atribuye uno de los participantes no encajan en ningún titular cómodo. Puede que sea la mejor prueba de que el indicador estrella se queda corto. O de que la anécdota, como todas, exagera.