La toga no es un chaleco antibalas para las juezas
Ser juez es de las pocas profesiones donde el poder se viste con túnica. Para una mujer, además, la toga se vende como blindaje: autoridad, independencia, respeto. La pregunta incómoda es si ese blindaje resiste el contacto con la realidad española.
Hay quien ve en la jueza el paradigma de la mujer empoderada: joven, preparada, capaz de mantener a distancia cualquier intento de menosprecio. Pero esa misma imagen de poder inalcanzable se estrella contra la crudeza: circula la anécdota de un futbolista y sus acompañantes que casi parten la cara a un juez, y se cita como advertencia. La toga tampoco detiene los puños.
El precio de sentenciar
Los nombres de la jueza Alaya y de Coro Cillán cierran el círculo. En el caso de Cillán, la expulsión del cuerpo judicial y el ingreso en un centro psicosocial han sido leídos por muchos como una muestra de que el sistema no protege a los suyos. Alaya, por su parte, sigue siendo referente incómodo de una justicia que investiga pero también es investigada.
En medio, la ironía tecnológica: quien espera que la inteligencia artificial dicte sentencias recibe como respuesta que eso nunca pasará, porque a la IA no se la puede sobornar. Lo que se dice entre líneas es que la corrupción, como el miedo, sigue siendo cosa humana.
Si la toga no blinda, ¿qué lo hace? La respuesta queda abierta, como casi todo en la justicia española.