Muere un turista británico tras saltar de un ferry en Tarragona para llegar a nado a un chiringuito
¿Qué lleva a un hombre de 45 años a lanzarse al mar desde un ferry en marcha? La respuesta, según las informaciones publicadas, es tan simple como absurda: una cerveza. El pasado viernes, un turista británico falleció ahogado en la costa de Tarragona después de saltar desde un ferry turístico que cubría la ruta entre Cambrils y Salou. Su objetivo era llegar nadando a un chiringuito de la playa porque a bordo del barco le habían negado más alcohol.
Un salto motivado por el alcohol y una negativa del capitán
Los hechos, recogidos por el Mirror, sitúan a la víctima en el último ferry de la tarde junto a su hermano de 42 años y sus padres. Según los testigos, ambos hermanos se encontraban ebrios y pidieron más cervezas. El capitán del barco se negó a servirles. Fue entonces cuando decidieron saltar por la borda. El hermano sobrevivió; el de 45 años no. Su cuerpo fue recuperado poco después, cerca de la costa.
La negligencia que algunos señalan y otros descartan
El debate sobre si se pudo evitar la muerte está servido. Hay quien sostiene que desde el ferry deberían haber dado la señal de alarma de inmediato, recordando que en esa ruta hay servicio de guardacostas y motos de agua disponibles. El argumento es que, si alguien hubiera hecho su trabajo, se habría podido rescatar al hombre a tiempo. Otros, en cambio, apuntan que los pasajeros sí alertaron a la tripulación y que se activaron los protocolos correspondientes, pero que las condiciones marinas eran adversas y el tiempo jugó en contra. El ferry dio aviso, pero no tiene obligación de detenerse para buscar a un náufrago voluntario.
El fenómeno del «barconing» y la cultura del exceso
El suceso ha dado pie a un nuevo término: el «barconing», en paralelo al conocido «balconing» que tantas víctimas ha dejado en los destinos turísticos españoles. La imagen de un hombre saltando al mar por una cerveza ha generado una mezcla de incredulidad y sorna en las redes, donde no faltan las comparaciones con otros episodios de exceso etílico protagonizados por turistas. Pero más allá del chiste fácil, el caso deja una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto la industria del ocio nocturno y el consumo sin límites están detrás de estas tragedias? El capitán que negó la última ronda quizá salvó a otros pasajeros de un problema mayor, pero no pudo evitar que la decisión se tomara fuera de su control.
Una muerte que no debería haber ocurrido
La ironía es que el objetivo era un chiringuito a pocos metros de la orilla. El mar, en calma o no, no perdona la imprudencia. El hermano, que también saltó, salió con vida. La víctima, no. La pregunta que queda flotando es si alguien, en algún momento, pensó que nadar hasta la playa era una buena idea. La respuesta, a la vista del desenlace, es que no. Y esa es la parte más triste de una historia que, por absurda que parezca, se repite más de lo que debería en las costas españolas.