El modelo productivo que España no arregla porque le conviene
España no sufre un problema de productividad. Sostiene un modelo afinado para producir exactamente lo que produce: servicios de bajo valor, contratos cortos y una deuda que pagará otro. Quienes llevan años diseccionando el atraso español lo dibujan en tres fases: el trabajador disciplinado —obediente, barato, cumplidor—, el trabajador eficiente —el rigor técnico de la manufactura alemana— y el innovador, el que redefine industrias. El país lleva dos décadas clavado en la primera. En ciertos círculos lo llaman el quitarse la vida productivo. La razón de que nadie lo arregle no es técnica: es que sale caro arreglarlo.
La «industria Paco» y el mito de la potencia industrial
El relato oficial dice que España era un país pobre al que la entrada en la entonces CEE, en 1986, sacó de la miseria. La intrahistoria es más incómoda. Tras la guerra se montó una industria hiperprotegida por aranceles, con una moneda débil que encarecía cualquier importación: comprar un coche alemán en 1965 era un lujo reservado a unos pocos. Aquel tejido fabricaba con una relación calidad-precio mediocre para un mercado cautivo, sin competir fuera. Exportaba poco y mal. De aquella «industria Paco» salieron, eso sí, técnicos e ingenieros formados en escuelas profesionales que serían el embrión de una clase técnica hoy casi extinguida. Repetir ese milagro sin aranceles ni moneda propia es una quimera.
El muro fiscal: la máquina que nunca se compra
La fiscalidad castiga la capitalización de forma casi didáctica. Una pyme que afronta 10.000 euros de impuestos en un trimestre podría cambiarlos por una máquina del mismo precio y crecer. No puede: la inversión no se fruta como gasto corriente, hay que amortizarla durante años y el impuesto se paga igual. El resultado es un tejido atomizado, miles de empresas que rondan los diez trabajadores y se niegan a dar el salto, con autónomos que rechazan encargos antes que contratar. La regulación que se dispara al cruzar cierto umbral de plantilla hace el resto. Un país de microempresas no genera valor añadido alto, por definición.
Mano de obra barata contra automatización
Hay un segundo mecanismo, menos confesable. El empresario automatiza cuando la máquina resulta más rentable que la persona. Si el mercado ofrece mano de obra abundante y de bajo coste, la inversión en robótica tarda demasiado en amortizarse y no compensa. Desde 2012, sostienen algunos economistas, España vive una devaluación interna sostenida en una bolsa de trabajo barato que desincentiva precisamente el salto tecnológico. El dumping laboral mata el incentivo a innovar. No es un juicio sarracena sobre el empresario —buscar el máximo beneficio es lo que hace el agua al mojarse—, sino un problema de diseño: el marco permite ganar dinero sin arriesgar.
Dos diagnósticos que no se ponen de acuerdo
Aquí el análisis se parte. Una corriente pone el acento en una fiscalidad que confisca el beneficio antes de que pueda reinvertirse y en una burocracia que ahoga al que quiere crecer. Otra sostiene que bajar impuestos no basta: si el mercado sigue inundado de mano de obra barata y la regulación penaliza el tamaño, el capital libre no irá a I+D ni a maquinaria compleja, sino al inmobiliario, a la especulación o a abrir tres bares más. La réplica es que el capital siempre busca innovar porque ahí está el dinero grande, y que el ejemplo chino lo demuestra. El contrarréplica: China invirtió porque su marco no se comía la mitad de la facturación. Sin consenso.
Por qué ningún político toca esto
Porque todos viven del modelo. El ciclo es circular: deuda para pagar prestaciones, prestaciones para estabilizar el voto, voto para seguir endeudando. Al político le importan los cuatro años de su escaño; al empresario, el beneficio rápido. Nadie planifica a veinte años. Los ejemplos de gestión pública que se citan —Correos perdiendo dinero mientras el negocio de los paquetes se dispara— resumen bien el desdén por lo que no da rédito electoral inmediato. Y sobrevuela un complejo curioso: las empresas españolas que crecen hacen lo posible por parecer extranjeras, de las marcas con nombre anglosajón o italiano a firmas bautizadas para sonar nórdicas. Nadie presume de origen cuando el origen no vende.
La predicción, con reservas. El modelo no se romperá por voluntad política; lo hará por un shock —una crisis de deuda, un ciclo de tipos que apriete de verdad o la presión demográfica que ya se ve venir— y entonces la factura la pagará, como siempre, quien produce. Cabe que algún partido lo intente en serio. Cabe, más probablemente, el siguiente parche. Con estas reglas del juego, apostar por lo segundo no es cinismo: es gestión del riesgo.