El sarracin no está dominando Japón, pero la alarma crece con un bulo
Asegurar que el sarracin “comienza a dominar Japón” exige ignorar un detalle molesto: la prueba estrella que circula es un montaje. Un vídeo atribuido a un canal de propaganda turco muestra una ajama real en Japón, pero con un título y un audio inventados. Bulos de manual, que no impiden que el debate público se haya encendido.
¿Cuántos musulmanes hay realmente en Japón?
Los datos que manejan quienes se tomaron la molestia de mirar cifras: más de cien ajama, varios cientos de oratorios y en torno a 500.000 musulmanes. Sobre una población de unos 125 millones, no llega al 0,5%. La presencia es real y creciente, pero no hay ni lejanamente una “dominación”. El culto sintoísta y la cultura japonesa no parecen en peligro inminente.
El desfase entre el discurso y la política
Lo interesante del asunto no es el vídeo, sino la brecha entre la retórica y la ejecución. La actual presidenta de Japón ha lanzado mensajes duros y ha prometido deportaciones; en paralelo, los analistas recuerdan que los gobiernos necesitan mano de obra barata y que la maquinaria burocrática, los tratados y los lobbies suelen convertir la mano dura en un parche. Se crea la ilusión de control mientras el proceso demográfico sigue su curso. Japón tiene un problema demográfico serio y la migración es, quiera o no, una de las pocas válvulas.
Cierre: si la tendencia actual se mantiene, la población musulmana en Japón seguirá creciendo de forma gradual, pero no por un complot, sino por la misma lógica que empuja a cualquier economía envejecida. La pregunta no es si el sarracin dominará Japón, sino si el país encontrará una fórmula de integración antes de que el miedo al extranjero le cueste más caro que la migración. O eso, o las katanas decorativas no bastarán.