Marruecos usará la nuclear para desalar agua y la duda es el coste
La ministra marroquí de Transición Energética y Desarrollo Sostenible, Leila Benali, confirmó en Viena, ante la 68ª Conferencia General del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), que Marruecos apuesta por la tecnología nuclear con fines pacíficos. El destino declarado de esos reactores no es una fábrica ni una gran ciudad: es el agua. Centrales nucleares para alimentar la producción hídrica, en un país que lleva años peleándose con la sequía y con la factura de la desalación.
El anuncio reabre una discusión que en España suena a déjà vu. Nuclear y agua en la misma frase. Dos conceptos que aquí se cruzaron hace cuatro décadas y que salieron mal parados.
Qué tiene que ver un reactor con un vaso de agua
Conviene fijar la mecánica antes de discutir el relato. Una central nuclear no produce agua: produce electricidad. El vapor que escapa por las torres es agua del circuito de refrigeración que se recircula, y apenas una fracción se pierde en la condensación. La jugada consiste en colocar una desalinizadora al lado —probablemente de ósmosis inversa— y alimentarla con la energía del reactor. Es el esquema que se aplica en la central israelí de Dorad, junto a Ashkelon.
El encaje técnico tiene su lógica. Un reactor quiere funcionar a potencia constante, sin sobresaltos. Una desalinizadora es un consumidor voraz y previsible: absorbe la producción de las horas valle y suaviza la curva de potencia. En España hay momentos en que se paga a las renovables para que dejen de generar y no desestabilicen a los reactores. Es la llamada potencia de base, y explica por qué la nuclear encaja con procesos intensivos en energía.
El coste del litro nuclear: la cifra que nadie firma
Aquí se atasca el relato. Una planta de generación III+ como Hinkley Point C, en Reino Unido, se ha convertido en el monumento europeo al sobrecoste. Si Marruecos quiere desalar con energía nuclear, alguien tendrá que firmar la factura, y los cálculos más agoreros hablan de un litro de agua a 5 euros, una cifra que descalifica el proyecto solo con enunciarla.
Quien defiende la vía nuclear responde con dos argumentos. El primero es que la refrigeración puede hacerse con agua de mar, como en Vandellós. El segundo, que buena parte de la infraestructura de un emplazamiento ya electrificado se reaprovecha y el sobrecoste se diluye. La discusión sobre el desglose real de esas cuentas, partida a partida, es la que nunca aparece en los titulares.
España cerró sus reactores y mira desde la orilla
El espejo que más incomoda es el español. Tras la llegada del PSOE al poder en 1982, los programas nucleares se suspendieron por presión social y por promesa electoral. Entre 1983 y 1984 se paralizaron las obras de Lemóniz (Vizcaya), Sayago (Zamora) y Valdecaballeros (Badajoz). En 1991 se hizo lo mismo con siete reactores.
Cuatro décadas después, Francia produce con nuclear, Marruecos lo intenta y España importa. Ese contraste es el que alimenta la comparación más repetida: mientras aquí se cierran reactores, al otro lado del Estrecho se abren con la excusa del agua.
Las dudas que el dato no cierra
El resto del asunto se mueve en terreno especulativo. Se apunta a que el proyecto escondería un programa de enriquecimiento de uranio y, a más largo plazo, capacidad de disuasión. Se citan acuerdos con Rusia, con Estados Unidos, con Israel. Nada de eso está confirmado, y conviene tratarlo como lo que es: hipótesis que la propia geografía desmiente a medias, porque cualquier incidente en la zona empujaría la radiación hacia el propio Marruecos y hacia el sur de Europa.
El punto donde el análisis se atasca es el de siempre: la factura. Nadie ha puesto sobre la mesa cuánto costará el metro cúbico, quién financiará los reactores ni cómo se gestionarán los residuos durante las próximas décadas. Hasta que alguien firme esas cifras, lo demás es propaganda con torre de refrigeración incluida.