El rabino que dirige la web porno más grande del mundo
Solomon Friedman, ex-rabino ortodoxo ordenado en Israel, es vicepresidente de Pornhub y su cara pública. Su trayectoria, de la formación religiosa a la defensa del gigante del porno, ha reabierto el debate sobre la ética de la industria, la responsabilidad parental y la influencia cultural de una minoría. El relato oficial choca con las cifras: la plataforma recibe millones de visitas diarias, y los menores acceden sin control.
De la yeshivá a la sala de servidores
Friedman, de 40 años, se crió en una familia judía ortodoxa en Canadá y viajó a Israel para estudiar en una yeshivá. Fue ordenado rabino, pero nunca ejerció. En su lugar, se dedicó a lo que él considera "trabajos justos y necesarios". Hoy es vicepresidente de Ethical Capital Partners, el fondo de inversión que controla Pornhub. La paradoja no pasa desapercibida: un hombre formado para ser "buena persona" defiende un negocio que muchos consideran moralmente reprobable.
La responsabilidad del acceso infantil
Uno de los puntos más espinosos es la facilidad con que los menores acceden a Pornhub. Algunos análisis señalan que la culpa es de los padres, que entregan dispositivos sin filtros. Otros apuntan a la plataforma, que no verifica la edad de forma efectiva. Mientras, la industria se escuda en la tecnología: servidores, streaming, infraestructura similar a la de Amazon o Netflix. El argumento de que "el porno ya existía antes de que nacieran" no convence a los que exigen responsabilidad corporativa.
La sombra de la conspiración
En el debate emerge un patrón recurrente: la asociación entre judíos y la degradación moral a través del porno. Se mencionan los Protocolos de Sión, aunque se señala su falsedad. Sin embargo, hay quien defiende que, falsos o no, la realidad muestra una influencia desproporcionada de ciertos grupos en la industria del entretenimiento para adultos. La controversia se mezcla con acusaciones de ingeniería social: normalización de perversiones, destrucción de la familia tradicional y debilitamiento de la masculinidad.
Un negocio como otro cualquiera
Frente al discurso alarmista, algunos recuerdan que Pornhub no es diferente de otras grandes tecnológicas. Contrata a los mismos perfiles: ingenieros, desarrolladores, expertos en centros de datos. La moral del producto es irrelevante para el trabajador que programa el algoritmo. La pregunta incómoda es si la sociedad está dispuesta a aceptar que el porno es un servicio como cualquier otro, o si su naturaleza intrínseca justifica un escrutinio especial.
Lo que el debate no termina de explicar es por qué seguimos discutiendo sobre la responsabilidad individual cuando la industria mueve miles de millones y sus dueños se pasean con la etiqueta de capitalistas éticos.
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