El cajero de bitcoin que iba a salvar Chipre y no tenía nada que dispensar
Con los bancos cerrados y una retirada máxima de 100 euros diarios, Chipre era en marzo de 2013 el escenario perfecto para vender una solución. Apareció en forma de anuncio: el primer cajero automático de bitcoin del mundo, supuestamente destinado a la isla en pleno corralito. Tenía un problema: no había máquina funcionando, no había billetes que cargar y, sobre todo, no había un solo comercio que aceptara la criptomoneda.
Un anuncio con más humo que hardware
La noticia no confirmaba que Chipre tuviera cajeros de bitcoin en marcha. Confirmaba, como mucho, que alguien lo anunciaba. La diferencia no es menor: la infraestructura era inexistente y la presentación del proyecto tenía más aspecto de tarjeta de visita que de plan de negocio. Lo único real era el contexto: mientras la política europea negociaba en Bruselas el destino del dinero ajeno, el mercado reaccionaba a su manera.
Aun así, la operación de comunicación funcionó. En plena crisis bancaria, la palabra bitcoin en el mismo titular que Chipre garantizaba atención. Y exactamente ahí empezaba el problema.
¿Para qué sirve un cajero bitcoin en un corralito?
La lectura escéptica era simple. Un cajero de bitcoin cambia euros por criptomonedas y viceversa. En una isla donde los bancos no soltaban efectivo y las tiendas solo admitían euros, ese cambio no tenía sentido: nadie quería desprenderse de los billetes que necesitaba para comprar lo básico, y la máquina no tendría líquido que dispensar a cambio de monedas digitales. La utilidad real, según ese análisis, era justo la contraria: servir de cebo para vender máquinas caras a quien no leía la letra pequeña.
Los defensores de bitcoin respondían con un argumento de futuro: la criptomoneda no se puede confiscar, no depende de un banco con el grifo cerrado y su exposición mediática era, en sí misma, una buena noticia. No era una posición disparatada. Al mismo tiempo, Bloomberg recogía que el gobierno de EE. UU. empezaba a regular las monedas virtuales, y CoinLab se preparaba para lanzar sus servicios en Estados Unidos y Canadá con Mt. Gox y Silicon Valley Bank a partir del 31 de marzo de 2013. Bitcoin empezaba a salir del gueto.
El debate de fondo: refugio o timo
La discusión tenía una capa más. Quienes aconsejaban diversificar hacia bitcoin se encontraban con la respuesta fácil: el oro no se divide en un pago digital, el bitcoin sí. Frente a eso, los escépticos recordaban que en una economía real de barra de pan y litro de leche, el efectivo seguía siendo el rey. Y había una salida más terrena que la revolución monetaria: un billete de ida y vuelta de Larnaca a Atenas costaba 194 euros y permitía mover 10.000 euros legales por vuelo. No hacía falta una criptomoneda para esquivar un corralito; bastaba una tarjeta de embarque y una maleta.
Lo curioso es que aquel março de 2013 las dos lecturas tenían parte de razón. El anuncio era más humo que hardware, pero la dirección que soplaba el viento regulador y financiero ya se veía. La pregunta sigue siendo la misma: cuando el sistema se atasca, ¿la solución es una moneda que no aceptan en la panadería o un cajero sin billetes que repartir?