Kenia, Uganda o Brasil: el espejismo del nuncafollista que emigra
¿Basta con coger un avión para dejar de ser un nuncafollista? La promesa circula con la soltura de un folleto turístico: llegas a Kenia y eres el rey; en Uganda, se asegura, consigues en una semana lo que no conseguiste en años. El problema es que esa ecuación deja fuera tres variables que nadie pone en la letra pequeña: el visado, el riesgo sanitario y la cuenta de resultados. Ninguna de las tres juega a favor.
Visado, salud y factura: las letras pequeñas del plan
Kenia y Uganda no son puertas abiertas: exigen visado de entrada, un trámite que ya filtra la idea antes de facturar el billete. Sobre el terreno, la advertencia sanitaria es la más repetida: el riesgo de infecciones de transmisión sexual convierte el supuesto paraíso en una ruleta, y volver a casa con el problema original más un diagnóstico encima no es exactamente un ascenso de categoría. El resto, con más kilometraje que glamur, es turismo sexual con factura de vuelo.
El segundo frente es económico y bastante menos épico. La comparación más despiadada equipara el precio de un billete a decenas de servicios en origen. Si el objetivo es solo el sexo, el margen no compensa; si es algo más, el vuelo tampoco lo garantiza. Quien defiende que Brasil funcionaba hace años se topa con la objeción del cambio de ciclo: aquel truco se habría agotado en torno a 2010, cuando el perfil del visitante dejó de ser el del guiri adinerado y el interés local se dio la vuelta.
Así que, tras darle vueltas al mapa, la conclusión no tiene nada de heroica: el mejor país para un nuncafollista sigue siendo ninguno. Eso sí, se ahorra en vuelos.